Hacia la Unión Ibérica

En un acto organizado por la sociedad iberista el pasado 2 de junio en Madrid, se habló de la situación del iberismo en la sociedad de nuestros días, en un momento en que Madrid y Lisboa han renovado su alianza estratégica con la entrada en vigor el pasado 11 de mayo del nuevo Tratado de Amistad y Cooperación, acordado en la cumbre de Guarda y firmado en la de Trujillo. El tratado de 1977, que consiguió fijar un marco de indiscutible utilidad histórica para superar el «pacto ibérico» de las dictaduras y facilitar el reencuentro de dos países en plena transición democrática, se sustituye ahora por un instrumento renovado con voluntad integradora.

A reseñar el estado de la cuestión iberista fueron convocados tres profesores con publicaciones recientes en la materia: Pablo González Velasco (coautor de El Nuevo Iberismo, Almuzara, 2022), Javier Martínez-Pinna (Iberismo. Hacia la Unión de España y Portugal, Almuzara, 2023) y Pablo Castro Abad (uno de los coordinadores de Iberia, Tierra de Fraternidad, El Trapezio, 2021). Hubo coincidencia general en que la doctrina del iberismo, que en el imaginario colectivo todavía sigue anclada en un difuso republicanismo revolucionario decimonónico, se ha actualizado en la última década con el acicate que significó la profunda crisis económica y social, infligida por el capitalismo global al sur de Europa y que supuso un amargo despertar del sueño europeo. En Portugal se volvió a cantar el Grândola, Vila Morena, y con emoción vimos que se replicaba también en ciudades españolas.

El discurso iberista —la aspiración ciudadana de vivir en una misma comunidad política— sigue teniendo una presencia prácticamente nula en el debate político y la atención de los medios de comunicación es marginal. De esta forma, los ciudadanos parecen sentirse más concernidos por la situación en Asia Central que por lo que ocurre en el país con el que comparten historia, territorio, recursos y cultura. Tres décadas después de la eliminación del control de frontera, la tradicional convivencia de espaldas de los dos Estados de la península ibérica se mantiene en sus líneas generales.

Es verdad que han mejorado cualitativamente las relaciones bilaterales, pero el impacto de La Raya-A Raia, en cuanto zona periférica para ambos países, sigue marcando una clara separación, sin necesidad de guardias republicanos ni civiles. No se ha trascendido la retórica diplomática de la buena vecindad y la fraternidad en una conectividad real, con obras de infraestructura, intercambios e inversiones en la integración económica, comercial, cultural, deportiva, comunitaria, etc. Un ejemplo paradigmático es la incapacidad para establecer una conexión terrestre de alta velocidad entre las capitales.

El recelo histórico, la incomunicación y las asimetrías diversas entre ambos Estados no se han superado y, lamentablemente, es dudoso que estén en vías de resolución. Por eso sigue siendo un reto trasladar a la opinión pública, con independencia de una mayor o menor vinculación afectiva previa con la doctrina del iberismo, los indudables beneficios prácticos que tendrían la implementación sistemática de políticas públicas en clave ibérica, sea cual sea la temática que se considere: sanitaria, educativa, energía, legislación, medio ambiente, defensa, mercado, agua, comunicaciones, turismo, etc.

En la parte portuguesa, según el enfoque de observación de los tres tercios, un sector de la sociedad se muestra firmemente en contra de este eventual camino de unificación por su repercusión sobre la identidad nacional, otro tercio se muestra en principio receptivo y un tercero podría oscilar según la coyuntura. Son convicciones emocionales, con cierta correlación en el espectro político, en las que poco importa el fundamento objetivo. El tamaño y expansión en el mundo de la lengua portuguesa y española —300 y 600 millones de hablantes, respectivamente— hace difícil presuponer que una cultura pueda desintegrar a la otra, más bien al contrario, ambas están llamadas a reforzarse en una nueva dimensión universal: la iberofonía, un espacio ubicado en tres continentes (América, Europa, África).

Sigue siendo un reto trasladar a la opinión pública los indudables beneficios prácticos que tendría la implementación sistemática de políticas públicas en clave ibérica

En la parte española, por su mayor complejidad nacional y en un momento en que prima la pulsión regional de fragmentación de la comunidad política, el problema no parece que sea identitario, sino de combatir la tradicional indiferencia sobre los asuntos de unos vecinos ignorados (hasta en el mapa meteorológico). El cumplimiento efectivo de los compromisos asumidos en las declaraciones gubernamentales de las cumbres y la actuación conjunta en la escena internacional contribuirían a hacer palpable la cooperación y vencer así resistencias, temores y desapegos. Los momentos de sintonía entre gobiernos, como el actual que ha conducido a la renovación del tratado, pueden ser oportunidades fructíferas para avanzar en la agenda ibérica en un camino sin retroceso por la imbricación progresiva del tejido social.

El ideal de la construcción de una Iberia unida necesita visibilidad y apuesta decidida por su inserción en la agenda política de ambos países. En plena definición de un nuevo orden mundial, el modelo de integración de la Unión Europea, por el que se ceden competencias sin afectar a la existencia y funcionamiento de los Estados, podría ser una vía óptima para comenzar el camino de la Unión Ibérica. Ayudaría la creación, con amplia participación popular, de los elementos simbólicos de esta identidad ampliada: bandera, himno, capital e instituciones representativas de ambas naciones.

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