General Luis Pinilla

Me cabe el honor de haber iniciado el trámite administrativo que finalizó poniendo el nombre de Luis Pinilla Soliveres a una calle de Zaragoza. Años antes fue nombrado hijo adoptivo de la ciudad. Unos mínimos reconocimientos a quien merece los mayores.

Nacido en Valladolid (26-3-1921), sus padres, Antonio y Josefa, le transmitieron sus dos pasiones vitales, milicia y profundas creencias religiosas.

Cuando la sublevación militar de julio de 1936 contra el legítimo gobierno de la República, su padre estaba al mando del acuartelamiento Simancas, en Gijón (Asturias). Alineado con los sublevados, liderará una numantina defensa que acabará en tragedia pues todos los defensores, con él al frente, morirán en el asedio. Años después, ya en el franquismo, aquel episodio fue elevado al mito de heroica defensa con la concesión al cuartel, y al coronel Pinilla, de la mayor de las recompensas militares, la cruz laureada de San Fernando. El joven Pinilla se convirtió así en hijo de un héroe.

Combatió al final de la guerra civil (1936-1939) en el bando de los sublevados, y a su finalización se convirtió en oficial profesional, en el Arma de Infantería. Sus primeros destinos tuvieron lugar en Madrid y fue allí donde su segunda pasión, la religión, le llevaría a una transformación personal que acabaría distanciándole de los ideales franquistas.

Su primera experiencia docente, relacionada con lo militar, tuvo lugar en el colegio premilitar del Frente de Juventudes, a donde llegó de la mano del falangista y militar Joaquín Agullá, con quien estaba destinado en Villaverde, en la Academia de Transformación para Oficiales del Ejército de Tierra. En el céntrico y elitista barrio de Chamartín comenzó a formar a futuros oficiales en el curso 1948/1949. Su salida de este centro de la Falange tuvo que ver con un incidente que define bien a las claras la personalidad de Luis Pinilla ya que no quiso permitir la utilización política de los alumnos lo que le llevó a una fuerte discusión con el director, al que presentó la dimisión.

Sus dos pasiones, militar y religiosa, se unían de forma armoniosa en la docencia ya que formaba a jóvenes, en el humanismo cristiano, y a futuros oficiales. Tras su salida del colegio premilitar creó otro, al que dio el nombre de FORJA, palabra con la que identificaremos ya siempre a este militar. Lo situó en uno de los barrios de la periferia, en los que colaboraba con el padre Llanos desde hacía años, y lo situó en la Colonia de los Ángeles. Tres cursos duró la nueva aventura: 1956/57, 1957/58 y 1958/59 ya que sus métodos, poco ortodoxos para los guardianes de las esencias franquistas, fueron denunciados al mando, que decidió intervenir. El teniente general Alcubilla, que conocía los antecedentes familiares de Pinilla, le ordenó cerrar el centro y lo amonestó seriamente por sus actividades desviacionistas. No lo sancionó, como se temía, pero desde esa fecha tuvo la seguridad de que su teléfono estaba intervenido y que, a veces, hasta era seguido.

La semilla que sembró en tantos jóvenes en torno a FORJA (unos 150), entendiendo que cualquier alumno de los dos colegios en los que desarrolló su actividad docente premilitar se identificaría con esa palabra, fue muy fructífera, llegando a tejer toda una red de relaciones que, en el futuro, sería definitiva en el nacimiento de la UMD. Su convencimiento de que el franquismo no era la maravilla que pregonaba el régimen, la necesidad de acercarse a los más necesitados y la exigencia de una formación permanente siempre apoyada en el humanismo cristiano, llevó a muchos de ellos a colaborar en otras actividades de Pinilla, como la creación de centros denominados Misión Juventud o clubs juveniles Altamar, en Madrid o Zaragoza. Siguiendo su ejemplo muchos antiguos alumnos comenzaron estudios en la Universidad, donde Pinilla se licenciaría en Psicología. Dada esta formación universitaria sería nombrado director del Centro de Psicología y Psicotecnia de las Fuerzas Armadas, donde continuaría con su vocación docente, siempre entendida como algo integral, no solo centrada en la materia técnica a impartir.

Cuando tienen lugar, en el verano de 1975, las detenciones que dieron lugar al proceso 250/75, a algunos integrantes de la UMD, el coronel Pinilla fue de los primeros en acercarse a ellos, ofreciéndose para lo que fuese preciso. En el momento de elegir defensores, militares por exigencia del vigente Código de Justicia Militar, no dudó en aceptar la petición de Jesús Martín-Consuegra López de la Nieta, con quien le unía una antigua amistad, profesional en la psicología militar y personal. Entre los defensores se estableció una buena relación, coordinando los temas jurídicos el teniente coronel de la Guardia Civil Ángel Martín-Díez Quijada (profesor de Derecho Administrativo en la Universidad) y de todos los demás Luis Pinilla.

El coronel Pinilla tenía asumido que no ascendería a general. Si bien su trayectoria militar era brillante, siempre con los primeros puestos en cualquier curso al que asistió, era consciente de que a los ojos del régimen era un disidente. Lo tenía asumido cuando ocurrió el milagro: Gutiérrez Mellado. En el verano de 1976 se celebraron en Madrid unos ejercicios tácticos, de esos que tienen lugar sobre el papel, sin despliegue de Unidades. Dos bandos se enfrentan estando previsto que los “buenos” ganen y, para ello, se organiza un débil grupo actuando como “enemigo”. Los designios del mando no se cumplieron ya que los débiles, al mando de Pinilla, lograron un claro triunfo. Y el entonces teniente general jefe del Estado Mayor Central (lo que hoy llamamos JEME) asistió a esos ejercicios y quedó asombrado de la capacidad de mando de Pinilla, con el que mantuvo una larga e interesante conversación. Años después, ya con Gutiérrez Mellado en el gobierno al frente de las Fuerzas Armadas, Luis Pinilla sería ascendido a general.

Si había un destino en el que el ya general podría poner en marcha sus inquietudes como docente, este era el de la Academia General Militar. Y allí lo destinó Gutiérrez Mellado.

En dos partes debemos dividir lo que supuso el general Pinilla en sus años (1979-1982) como director de la AGM. En lo docente puso en marcha un ambicioso plan que pretendía acabar con más de 35 años de docencia estrictamente castrense y memorística. Sus estudios de psicología y su experiencia de muchos años en centros de enseñanza le llevaron a implantar métodos novedosos. Y debemos decir, por ser la verdad, que no triunfó. La mayoría de los profesores no estaban preparados para esa revolución y los alumnos no entendieron el objetivo de las reformas.

Donde sí que triunfó, y nosotros con él, fue en los lamentables hechos del 23 de febrero de 1981, cuando un grupo de sediciosos, con Milans del Bosch, Armada y Tejero al frente, quisieron acabar con la incipiente democracia. Zaragoza era entonces la cabecera de la Quinta Región Militar y contaba con una importante guarnición. Si el Capitán General, Antonio Elícegui Prieto, totalmente a favor de la intentona golpista, hubiese sido capaz de poner a esta región en el lado de los facciosos, el golpe hubiese contado con muchas opciones de triunfar. Hay que poner de relieve que, además de la propia guarnición zaragozana, en el campo de maniobras de San Gregorio estaban varias Unidades de la División Acorazada Brunete. El general Pinilla, apoyado en unos pocos oficiales de su absoluta confianza, supo mantener al centro docente del lado constitucional y, decisivo, supo neutralizar al general Elícegui. Ambos sabían perfectamente cómo pensaba políticamente el otro, por lo que el general Pinilla tomó la iniciativa y llamó por teléfono a Elícegui. Le explicó claramente de qué lado estaba y cómo actuaría la Academia General Militar si fuese preciso. Las autoridades civiles, con el alcalde Sáinz de Varanda en primer lugar, tuvieron cumplido conocimiento de la postura del general Pinilla, lo que ayudó mucho a que en Zaragoza no hubiese adhesiones a los golpistas. Y, por supuesto, neutralizaron a los de la Brunete.

Su pase a la reserva fue utilizado, aún hoy sigue siéndolo, por los franquistas para tratar de manchar su impoluta carrera militar. Tras su paso por la AGM ya no tenía ambición militar alguna. Ascendido a general de División había advertido a Gutiérrez Mellado que quería poner fin a su vida castrense para dedicarse por completo al apostolado religioso. Mientras se tramitaba administrativamente su baja fue destinado al Gobierno Militar de Vizcaya (en plena época de atentados terroristas de ETA) y cuando se supo de su pase a la reserva hubo quienes afirmaron que era cobardía frente al terrorismo. Hay quienes odian porque no saben hacer otra cosa.

Luis Pinilla Soliveres, fallecido en 2004, fue un hombre ejemplar, un modelo a seguir. Valiente, decente, austero (en la AGM dormía en una cama de tropa, con mantas de Intendencia) y que ha dejado una enorme huella en todos los que lo han conocido. La UMD, que jugó un papel tan importante en la transición, no hubiera existido sin él ya que una buena parte de sus miembros recibieron enseñanzas de él, que nunca se afilió pero siempre estuvo allí, donde lo necesitaron. Su labor evangelizadora es enorme, con centros en la actualidad en varias ciudades, Madrid y Zaragoza especialmente. Muchas personas que se han beneficiado de su apostolado no han conocido su labor castrense y, tal vez, no sepan que muchos de los fondos de esos centros han salido de su sueldo, que siempre donó, íntegro, a los más necesitados.

Para finalizar voy a hacer una confesión personal. No soy creyente pero he visitado a Luis Pinilla en su modesta casa de la calle Antimonio, en Madrid, en sus últimos años, y tratándole he pensado lo siguiente: si dios existe, este hombre habla con él.