Franco y la cruz laureada de San Fernando (12/17): No se le hizo ninguna radiografía

Como a Dukali no le importaría mucho decir la verdad y tal vez ignorase los arcanos del procedimiento incoado, así como las amistades y los odios de los jefes y oficiales de Regulares, los manejos a que se entregaran y demás miserias de la vida en campaña, debemos pensar —salvo Evidencia Primaria Relevante de Época (EPRE) en contrario que nadie ha aportado— que fue cierto que Franco fue el primero en caer heridoPermaneció yacente en el lugar de la acción unos diez minutos. Cuando fue a recogerlo Dukali el enemigo que había disparado a Franco lo hizo contra el soldado de Regulares dos veces. Confrontado con este nuevo peligroDukali no pudo hacerse cargo inmediatamente de su superiorPrimero liquidó al moro. Cuando lo logró se llevó a hombros al capitán. Franco no perdió el conocimiento en aquel momento, pero Dukali afirmó tajantemente que no estaba en condiciones de mandar y que era imposible que tuviese energías para ello. Dar órdenes cargado a la espalda de un soldadito de Regulares hubiera sido una proeza si no podía hablar. Olvidemos, pues, al Franco heroico que condujo a sus hombres hacia la victoria en la acción exhibiendo su coraje como quien exhibe la indestructible coraza de un oficial ESPAÑOL llamado a los más altos destinos.

Tampoco tuvo Franco ocasión, en el cuarto de hora que medió entre el comienzo del ataque de su compañía y la herida, de realizar acto alguno que mereciera el calificativo de siquiera distinguido. Las bajas que hubo se produjeron después de quedar fuera de combate. Naturalmente, Dukali no tenía que albergar las mismas prevenciones que los españoles, médicos y no médicos, uniformados. Por eso su testimonio fue vital.  

PREGUNTA A LOS HISTORIADORES QUE NO CREEN EN LA EPRE PERO QUE SE COPIAN ENTRE SÍ: ¿Qué pasó con las “pelas”? ¿Quién fue el oficial que recibió en sus manos la cartera, quizá ensangrentada, con los billetes para pagar a la tropa? Dado que todas las informaciones fidedignas y plasmadas en papel del bueno de la época no mencionan un incidente de por sí inverosímil, todo indica que Franco MINTIÓ a Arrarás como un bellaco. Y, como quizá aprecien muchos lectores, se empieza mintiendo en las cosas pequeñas, con lo cual se crea una costumbre que termina afectando a las grandes. Aquí, sin embargo, debemos saludar de nuevo con el dedo meñique el singular “coraje” del profesor Ricardo de la Cierva al indicar que, bueno, ya se sabe, Franco las “pelas” las entregó en el hospital de sangre a un subordinado para que sus soldados no se quedaran sin cobrar. Extraño es que en sus deposiciones el Dr. Blasco Salas no lo mencionara, porque convendrá el lector que participar en una cruenta refriega con una fortuna en el bolsillo no es cosa que hubiese hecho todo el mundo, salvo —claro está— los protegidos por alguna instancia superior.

Volviendo al tema de la Laureada, en mayo de 1918es decir, casi dos años después de que el capitán Lías Pequeño propusiera a Franco para tal distinción, a pesar del escaso valor mostrado por su camarada de armas, el general en jefe del Ejército de África ordenó que se diera seguimiento a lo dispuesto en el artículo 23 de la Ley de 1862. El expediente del juicio contradictorio se había cerrado a finales de marzo y poco después el Consejo de Guerra y Marina se pronunció con un informe desfavorable a Franco.

El coronel responsable de una versión algo amañada de la hoja de servicios publicada del futuro Caudillo pudo haber sido un copista mediano (equivocarse tres veces en los nombres del médico, del brigada y del moro no es asunto totalmente baladí), pero también omitió una de las conclusiones del fiscal que, lo que son las cosas, figura perfectamente expuesta en el original elevado al Consejo Supremo de Guerra y Marina con el expediente del juicio contradictorio.  Dice así:

“La ignorancia en que ha quedado para muchos de los testigos la verdadera actuación de Franco le ha restado esa pública notoriedad que deben revestir los hechos de San Fernando”.

Ciertamente era así y por qué se omitió lo ignoro. No era la consideración más importante y significativa. La EPRE, por desgracia, no revela siempre todos los secretos del pasado. En todo caso, el fiscal fue rebatiendo uno tras otro los argumentos aducidos por un sector de los testigos para concluir que no se daban en modo alguno ninguno de los supuestos previstos en los artículos, ya mencionados, de la Ley de mayo de 1862.

Me resulta imposible no hacer mención de la extraordinaria astucia que muestra el profesor Suárez Fernández en su ya mencionada hagiografía, p. 94: “Entre las razones alegadas figuraba la de que no se hubiesen producido en la acción las bajas requeridas en el reglamento. No puede decirse que hubiese injusticia en la resolución”.

¡Claro que no la hubo!, pero también por otras razones que fueron dirimentes y, en realidad, mucho más importantes y significativas. Ignora tan distinguido historiador que la Laureada se concedió a otros militares por participar en la misma acción en la que se denegó a Franco. ¿O es que, por la gracia de Dios, ya había de dársela al tan pagado capitán? No.

 ¿Y a quién se debe? A tres personas poco conocidas. El Dr. Enrique Blasco Salas, el brigada José Forriols y el soldado Mohamed Ben Mohamed Dukali.  E, indirectamente, a quien en la Auditoría de Guerra de Ceuta, Francisco Pego Méndez, siguió las órdenes de la Superioridad que sospechó que había algo que “no había funcionado” en la investigación inicial y cuyos resultados expondremos al final de esta serie.

El psicólogo Andrés Rueda (p. 64) consultó, a la hora de escribir su retrato psicológico de Franco, a dos doctores con experiencia de Marruecos. No quisieron que mencionase sus nombres. Negaron que en el hospital ceutí pudiera haber un aparato de rayos X en aquella fecha. Sin embargo, a un historiador empírico como servidor tal argumento le parece algo débil. Cabría elaborar otra tesis. Por ejemplo, en Melilla, en su conocido hospital Docker se contaba desde, al menos, 1909 con equipo de radiografía. Esto, sin embargo, no nos sirve de mucho ya que implica suponer que si lo tenían en Melilla hubiera sido improbable que no lo tuviesen en Ceuta. ¡Ay! Las analogías a las que, de vez en cuando, recurrimos los historiadores pueden ser engañosas. En este caso, por ejemplo, lo son.

Olvidemos, pues, al Franco heroico que condujo a sus hombres hacia la victoria en la acción exhibiendo su coraje como quien exhibe la indestructible coraza de un oficial español llamado a los más altos destinos

Para ver algo de luz en este tema he recurrido a la única historia que conozco sobre el Hospital O´Donnell de Ceuta. La escribió un grupo de doctores. Está agotada. No se encuentra en la biblioteca de la UCM ni, lo que es más extraño, en la BNE. Hay, con todo, un ejemplar en la biblioteca de la Secretaría General Técnica del Ministerio de Defensa. Un antiguo alumno mío, Miguel I. Campos, quien va a publicar próximamente un libro impactante sobre la República y el suministro de armas de contrabando, tuvo la bondad de, en los tiempos de pandemia que me mantienen en Bruselas alejado de Madrid, ir a consultarlo.

De tal obra se desprende poderosamente otro argumento. Franco no fue ingresado en dicho hospital, porque en aquel mes de junio de 1916 todavía no estaba terminado. Fue encaminado a otro, de campaña, de unos 42.000 metros cuadrados de superficie. En él se instalaron hasta 42 barracones tipo docker, con paredes de cartón-cuero y capacidad para 18 enfermos y un total de entre 270 y 400 camas. Solo los barracones de cocina y de desinfección eran de mampostería. No podría decirse que estaba en la cúspide de las instalaciones de proa en términos de equipamiento médico.

No ignoro, gracias a la obra en cuestión, que precisamente en 1916 se realizaron en él mejoras dotándolo de una sala de operaciones. ¡Menos mal! De todas formas, a causa de la mala calidad de sus materiales y de su situación, a la sala le afectaban los temporales, como ocurrió el 9 de febrero de 1916. Tanto en este hospital de tipo docker como en el ulterior, de O’Donnell, que empezó a construirse pocos años antes, “la iluminación era con lámparas de petróleo”. Todos tenemos que estar muy agradecidos a Röntgen por sus descubrimientos, que abrieron una nueva era en la exploración del cuerpo humano, pero admitamos que tomar placas de rayos X con lámparas de petróleo superaba con creces los límites del nuevo descubrimiento. Y esto lo escribo sin aminorar el grado de sarcasmo necesario.

Añadamos que el hospital de tipo docker en que ingresó Franco estuvo en servicio mientras duraron las obras del O´Donnell; también digamos que este último había sido considerado como hospital provisional y que adoleció en un principio de gran escasez de medios (no había baños, los retretes no tenían cisternas, el agua no llegaba a la planta superior) y “no reunía las mínimas condiciones precisas para la función sanitaria”. Hasta 1917, no se convertiría en el hospital definitivo.

La puesta a punto que se hace en esta entrega se basa en las informaciones recogidas de las páginas 18s, 23 y 26 de la obra Hospital Militar General O´Donnell de Ceuta. 100 años de historia. 2 de septiembre (1913-2013), de los doctores J. A. Martínez Martín, J. A. Moreno Vázquez y M. Lupiani Giménez, Ministerio de Defensa, Madrid, 2014.  

Incluso un pequeño artículo anterior (“Cinco siglos de historia en los hospitales militares de Ceuta”, Medicina Militar, vol. 58, julio-agosto 1998, p. 241) no mencionó la existencia de ningún equipo de radiología en la ciudad en 1913. Salvo que los autores de aquella obra colectiva se equivocasen, tampoco lo había tres años después, incluso teniendo en cuenta que la medicina y sanidad militares iban en general por delante de las del mundo civil.

Dicho lo que antecede, y con harto dolor de corazón, he de rebatir una de las afirmaciones hechas por el equipo médico que ha escrito la historia de su hospital. En la p. 19 escriben textualmente que “el 29 de junio [de 1916], Francisco Franco, a la sazón capitán de Regulares Indígenas de Melilla, es herido en un combate cercano a la fronteriza cabila del Biutz, presentando una “herida abdominal sin afectación visceral”; tras su cura y tratamiento con morfina queda varios inmovilizado en la enfermería del campamento de Cudia Federico, hasta poder ser trasladado al descrito hospital de tipo Docker, donde permanecería ingresado varias semanas (según la hoja de servicios publicada, Franco fue dado de alta el 3 de agosto). Amables con el ya desaparecido dictador, los autores señalaron que recibió la visita de sus padres y familiares y recuerdan que fue atendido en primera línea por el teniente médico D. Enrique Blasco Salas, que sería el impulsor del patronazgo de la Virgen del Perpetuo Socorro como Patrona de la Sanidad Militar.

De lo que antecede se desprenden varias conclusiones de interés para nuestro relato. Se le hizo una cura, de urgencia, en el hospital de sangre. No sabemos si la morfina se la administró el doctor Blasco o si se hizo en el hospital ceutí. Los autores ofrecen una idea de otro de los hechos que distinguieron a dicho médico, pero se equivocaron, estrepitosamente, al indicar que a Franco fueron a visitarle sus padres y familiares. No fue así. Estuvo más solo que la una o charlando, cuando pudo, con sus compañeros y, suponemos, interesándose por “su” Laureada.

En la próxima entrega se examinará, de nuevo con EPRE, quién fue el Dr. Blasco Salas, el médico que contribuyó a cargarse las esperanzas y los deseos más entrañables del futuro Caudillo. Naturalmente, sin poder saberlo. En tanto que Franco sí sabía perfectamente que habían falseado su actuación en El Biutz y que él mismo había cooperado en el mantenimiento del camelo profundo que había detrás de tales mentiras. Embustero pertinaz ya entonces.

(continuará)

*Esta serie está dedicada a la memoria del Dr. Miguel Ull y de mi primo hermano, Cecilio Yusta, fallecidos a causa de la pandemia, que me ayudaron a desentrañar el primer asesinato de Franco, en la persona del general Amado Balmes.

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Ángel Viñas es economista e historiador especializado en la Guerra Civil y el franquismo.

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