Felipe y el síndrome de Washington

No me viene ahora a la cabeza una palabra en nuestra lengua que exprese la sed insaciable de mandar que tienen algunos. Pero sí me asoman de inmediato dos nombres que encarnan esta patología en la política española contemporánea: los expresidentes Felipe González y José María Aznar. He cumplido 65 años, así que, como pueden ustedes imaginarse, estoy absolutamente en contra de la gerontofobia, de la discriminación de las personas que peinan canas. Creo que muchas pueden seguir ejerciendo de modo impecable sus profesiones y que todas constituyen un incalculable capital de sabiduría para sus sociedades. Las culturas inteligentes siempre han otorgado a los mayores un relevante papel de sabios, inmejorables para el análisis, el consejo y la mediación. Pero fíjense en el verbo que empleé al principio: mandar. Y lo que muchos le reprochamos a Felipe y Aznar es que quieran seguir mandando en los partidos que dirigieron y en la política nacional. Thomas Jefferson escribió que la mayor prueba de arrogancia de una generación es pretender negarles a las siguientes su derecho a vivir conforme a sus propios principios, valores e intereses.

Lo de Aznar me importa menos. Soy de izquierdas y contemplo las querellas de las derechas con distanciamiento irónico. Lo de Felipe, en cambio, me irrita e inquieta. No solo porque lleva tres lustros más en la palestra nacional que Aznar, también, y sobre todo, porque genera caos y estrés en el campo progresista en que me sitúo.

Quizá no haya en la lengua de Cervantes una palabra para lo de Felipe, pero sí existe una fórmula en la psiquiatría estadounidense, que según informa El País, denomina síndrome de Washington a “la enfermiza necesidad de mandar o influir que lleva a algunas personas a convertirse en alcohólicos de poder“.

En mayo de 1996, tras catorce años en La Moncloa, Felipe González tuvo que cedérsela a José María Aznar tras perder por poco las legislativas. Que conste en acta que, con sus luces y sus sombras, considero positivo el balance de la larga presidencia de Felipe. Pero no es de ella de lo que deseo hablarles hoy, es de lo que vino después, de lo que, transcurridos casi veinticinco años, sigue vivo en la España del coronavirus. Empezaré por el principio. Recuerden: Felipe designó a Joaquín Almunia como su heredero al frente del PSOE, pero este, sintiéndose flojo en legitimidad, convocó unas primarias para refrendar su liderazgo. Las ganó ampliamente su rival, Josep Borrell, situado algo más a la izquierda y, sobre todo, mucho más independiente de Felipe.

Borrell demostró tener mandíbula de cristal. Dimitió después de que El País publicara una información denunciando un fraude fiscal de dos antiguos colaboradores suyos. Acompañada de un editorial condenatorio, esa información restableció el orden felipista: Almunia recuperó el liderazgo del PSOE, pero tan solo para sufrir una estrepitosa derrota en las legislativas del año 2000. No le bastó, ni mucho menos, el respaldo incombustible de Felipe, El País y los demás medios del grupo Prisa.

Almunia dimitió en la misma noche electoral y el PSOE abrió de nuevo la carrera sucesoria. A la gran final del XXXV Congreso Federal llegaron José Bono, presidente de Castilla-La Mancha y favorito del aparato felipista y el grupo Prisa, y un joven diputado llamado José Luis Rodríguez Zapatero. El leonés se impuso por un estrecho margen.

Zapatero representaba a la primera generación postfelipista del PSOE. Admiraban al expresidente, pero no compartían todas y casa una de sus acciones de Gobierno, y, sobre todo, querían hacer políticas para el recién nacido siglo XXI. Así que Zapatero empezó pronto a dar muestras de un espíritu emancipado, lo que le valió frecuentes reconvenciones de Felipe y El País. No obstante, consiguió en 2004 lo que no había conseguido Almunia: ganar las elecciones y ocupar La Moncloa.

Trabajé en La Moncloa como un profesional independiente durante los primeros dos años de los siete de la presidencia de Zapatero, así que algo sé del constante zarandeo al que le sometió la pareja formada por Felipe y su amigo y cómplice Juan Luis Cebrián, cerebro editorial de Prisa. Felipe y Cebrián hicieron todo lo que estaba en sus manos para presentar como un chisgarabís al presidente socialista que intentaba zafarse de sus dictados. Hasta que la Gran Recesión noqueó a Zapatero, que cedió el bastón de mando socialista a Rubalcaba, un muy buen amigo de Felipe y Cebrián.

En las legislativas de 2011 Rubalcaba sufrió el hasta entonces mayor desastre electoral del PSOE contemporáneo. Sin embargo, pugnó por mantenerse al frente del partido en el congreso que siguió a las elecciones. Se le enfrentó Carme Chacón, vinculada a Zapatero política y generacionalmente y tan mal vista como él por lo que en los corrillos de la Villa y Corte ya se llamaba el PRISOE. Tras sufrir una campaña de desprestigio, la intrusa catalana terminó perdiendo el congreso por un puñado de votos.

Pero Rubalcaba no consiguió invertir la trayectoria decadente del PSOE. Tras varios descalabros electorales, abandonó el mando del partido en 2014, lo que abrió un período de guerras intestinas en el que terminarían descollando la andaluza Susana Díaz, el vasco Eduardo Madina y el madrileño Pedro Sánchez. Los dos primeros contaban con el respaldo de Felipe y Cebrián, pero fue el último el que, pese a ser visto con recelo por los poderes fácticos, acabó imponiéndose por decisión democrática de la militancia socialista.

Sabido es que a Sánchez le derrocaron con un obsceno golpe palaciego televisado en directo en octubre de 2016. Una gestora del PRISOE tomó las riendas hasta la celebración de un Congreso extraordinario que aclamara a Susana Díaz, la candidata del establishment nacional. Pero Sánchez no hizo como Borrell, no arrojó la toalla. Tozudo como él solo, apeló directamente a la militancia socialista, más progresista que el aparato, y recuperó el liderazgo en las primarias de mayo de 2017. Luego, accedió a la presidencia a través de una moción de censura y ganó las dos legislativas y todos los demás comicios de 2019. A comienzos de este año, no sin excesivos titubeos y maniobras tacticistas, terminó formado el primer Gobierno progresista de coalición de la actual democracia española. ¡Y con el Unidas Podemos de Pablos Iglesias y Alberto Garzón, visceralmente detestados por Felipe y Cebrián!

Disculpen que les haya relatado cosas que seguro no han olvidado. Lo he hecho para subrayar que, un cuarto de siglo después de abandonar La Moncloa, Felipe quiere seguir tutelando al PSOE y, a través de él, la política española. Quiere que el partido que refundó en Suresnes lo dirijan los que él promociona y que aplique sus ideas crecientemente conservadoras. En lo personal, el que fuera un importante reformador se ha convertido en una caricatura de sí mismo: sus coleguitas pertenecen a la jet set empresarial española y global, se prodiga en giras con el grotesco Aznar y cuando habla para los medios siempre es para zaherir a la izquierda.

Felipe y Cebrián consideran que el PSOE es de su propiedad. De la mano de Prisa, grupo al que Cebrián terminó llevando a la bancarrota con sus delirios de grandeza, y ahora se disputan bancos y fondos buitre, Felipe siempre está contra los socialistas que encarnan cualquier tipo de cambio que inquiete al orden establecido: Borrell, Zapatero, Chacón, Sánchez… Pero siempre o casi siempre la infatigable pareja termina fracasando. Almunia, Bono, Rubalcaba, Madina y Susana Díaz no llegaron a La Moncloa como soñaban sus patrocinadores. La influencia de la pareja en la militancia socialista y el electorado progresista español ya no es la de las dos últimas décadas del siglo XX.

Ahora, en una España atravesando una colosal crisis sanitaria y socioeconómica, con un Gobierno progresista acosado por tierra, mar y aire por la ultraderecha, la pareja repite sus viejas artimañas. Felipe quiere hacerse el gracioso tildando al ejecutivo de “camarote de los Hermanos Marx”; Cebrián escribe sobre delirantes conspiraciones de Sánchez, Iglesias y Zapatero con la Venezuela de Maduro, y los dos abogan por una Gran Coalición PSOE-PP liderada por un o una tecnócrata afín al IBEX y a Bruselas que salve a España de una amenaza bolivariana tan imaginaria como el monstruo del lago Ness. Si esto no se llama síndrome de Washington, que baje dios y lo vea.