España y Europa, de ayer a hoy

Europa era, para los españoles educados y madurados durante la dictadura, un sueño lejano: significaba democracia, partidos políticos, libertades públicas, elecciones… Para los menos motivados políticamente, Europa era allí donde podían comprarse los libros que aquí estaban prohibidos o ver las películas que nos proyectaban censuradas. Incluso para los menos favorecidos por la fortuna, Europa era aquel paraíso donde se conseguían buenos salarios (trabajando duro, por supuesto) y en unos años de emigración se podía consolidar el futuro de una familia humilde. En suma: la idea de Europa era algo estimulante que planeaba sobre los españoles del franquismo y nos deslumbraba por muchas razones distintas. Los menos expertos en cuestiones económicas no preveíamos que todo eso tendría un precio. Ahora (1) ya lo sabemos.

Ahora, no solo estamos en Europa sino que “somos” Europa. Formamos parte de la Unión Europea en pie de igualdad con aquellos países que, en años lejanos, nos parecían envidiables. Pero lo que Europa nos trae no parece tan estimulante como era años atrás. Y es comprensible, porque la Europa que se está construyendo es, sobre todo, la Europa para los ricos. España es pobre, al menos comparativamente hablando, por mucho que se intente disimular esta realidad. Y nuestra integración en Europa se parece bastante al deseo que puede tener una familia de pertenecer al más elitista club de campo de la capital donde reside. Eso está fácilmente al alcance de los ciudadanos privilegiados pero no de los chabolistas. O bien, si éstos últimos se empeñasen irracionalmente en entrar en tal club, habrían de sacrificarse mucho más que los que con naturalidad constituyen los estratos más altos de la sociedad. La Unión Europea se está constituyendo al modo de un club privilegiado al que pertenecerán con poco esfuerzo los países ricos y solo a costa de grandes penalidades, los pobres. España está entre éstos.

Europa no requiere de nosotros una refinada investigación avanzada; no construiremos “chips” para los futuros ordenadores; no diseñaremos la tecnología del futuro. Como mucho, Europa espera disfrutar de nuestro sol, de nuestras playas y de nuestros servicios turísticos, y ello mientras no surjan, quizá en la misma orilla sur del Mediterráneo, quienes puedan ofrecer lo mismo, o mejor, a precios más baratos. Europa nos ha obligado a arrancar viñas, a sacrificar vacas, a producir menos leche, a capturar menos pescado. Aumentaremos nuestras plazas hoteleras, nuestros restaurantes, campos de golf, amarres de yates, sedes de congresos internacionales y otras instalaciones similares. Se intensificarán los viajes guiados. Harán falta más camareros ‑ políglotas, a poder ser ‑ guías turísticos, vigilantes de playa, personal hotelero. Es muy probable que sobren licenciados, doctores e investigadores pero habrá demanda de traductores, intérpretes, sumilleres y quizá hasta enólogos.

¿Y militares? ¿Qué nos espera en cuanto a la defensa europea? ¿Qué aportará España a la futura OTAN? ¿A los ejércitos de la Unión Europea Occidental? ¿A los mecanismos de defensa militar de nuestro continente? Los militares europeos no están en vías de extinción. Van a sobrevivir largo tiempo, aunque su número se reduzca sustancialmente. La OTAN, aun desaparecido el enemigo que le dio objetivo y sentido, se transforma aceleradamente pero no presenta síntomas de descomposición. Más bien, la lista de aspirantes a ser aceptados como miembros de la organización está bien nutrida con antiguos países del Pacto de Varsovia. La errática política moscovita y la desconfianza con la que desde las capitales de lo que fue el Pacto de Varsovia se observan los acontecimientos en la Federación Rusa garantizan la pervivencia de la organización militar. Algunas campañas para generar un enemigo en el Sur, tan desmedidas como las que satanizaron al antiguo enemigo del Este, servirán para que la organización militar atlántica recupere su antigua dinámica.

Dentro de ella, el papel de España no es más halagador que el que Europa nos tiene asignado en otros terrenos. Cubriremos el flanco suroccidental mediterráneo frente a lo que pueda venir del Magreb. Tenidos por “aliados fieles” (Turquía y España, en ambos extremos del Mediterráneo, comparten esta característica, en opinión de los círculos directivos de la Alianza), apenas nos atreveremos tímidamente a recordar a los socios más poderosos que los únicos riesgos militares que hoy día tiene España (los que conciernen a la defensa de Ceuta, Melilla y los islotes norteafricanos) no están cubiertos por la garantía defensiva de la OTAN, pero temerosos de hablar demasiado alto y molestar seguiremos aceptando tan equívoca situación. En verdad, considerando la suerte de Suecia, por ejemplo, o la trayectoria de Irlanda y Austria, quizá se nos hubiera dado mejor nuestro tradicional papel de países neutrales y no alineados. Pero eso ya es historia pasada, opciones descartadas, y hay que construir sobre el presente real y no sobre lo que pudo haber sido y no fue. Si se repite insistentemente que la OTAN evitó la guerra en Europa ‑ lo que es muy dudoso y solo aceptado por los más crédulos ‑ y si se afirma también que la entrada de España en la OTAN facilitó la democratización de nuestro ejército y la transición militar tras el franquismo ‑lo que resulta mucho más verosímil y realista‑ España se limitará a mantener su posición en la modesta tercera categoría a la que pertenece dentro de la OTAN. Y si esto no le gusta, estimado lector, basta con que mire hacia África, Chechenia o algunas zonas de Latinoamérica: hay quienes lo tienen todavía mucho peor.

(1) Este comentario fue publicado en  el diario “El Mundo”, el 31 de agosto de 1996.