El ocaso del “aliado americano”

Dos graves disposiciones adoptadas por Trump en los últimos tiempos han confirmado su propensión a actuar arbitraria y volátilmente, ignorando a los equipos asesores de que dispone, incluso a los altos mandos militares, y haciendo poco caso del Congreso y de los habituales procedimientos de toma de decisiones en una democracia, por presidencial que ésta sea.

La primera de ellas, ya conocida por los lectores, fue la de solicitar subrepticiamente el apoyo del presidente ucraniano -recurriendo además a un claro chantaje- para ensuciar la imagen de su probable rival electoral, el demócrata Joe Biden. Esto permitió al partido demócrata iniciar el proceso de destitución (impeachment) que, tras un camino tortuoso y lleno de obstáculos legales, podría llegar a expulsarle de la Casa Blanca.

Pero si esto puede crear serias dificultades en la política interna de EE.UU., más perjudiciales pueden ser los efectos en todo el mundo de su imprevista y sorprendente orden de abandonar militarmente a Siria y dejar las manos libres al presidente turco para que ocupe una parte del territorio sirio habitado por la población kurda, como ya expuse en un anterior comentario (Ver “Trump y Erdogan enredan a la OTAN”).

Después de que Erdogan anunciara su decisión de invadir Siria, Trump le invitó a la Casa Blanca, lo que es un raro privilegio para cualquier jefe de Estado. Por mucho que desde Washington se pretenda ocultar la realidad, Ankara solicitó a EE.UU. manos libres para la operación, invadiendo la franja siria fronteriza para expulsar a los kurdos y repoblarla con los sirios emigrados a Turquía durante la guerra civil.

Es evidente que se trata de un caso flagrante de “limpieza étnica” de un territorio, en el que los kurdos gozaban desde 2012 de un amplio margen de autonomía concedido por el presidente sirio y del que van a verse desposeídos por la fuerza bruta de las armas y con la aquiescencia de Washington.

Esta decisión ha excitado la ira de los combatientes kurdos, a los que EE.UU. utilizó para combatir al Estado Islámico (EI) y que ahora se sienten traicionados por su antiguo aliado. A esto Trump cínicamente ha respondido que en su momento ya fueron generosamente recompensados con armamento y dinero. Y en una de sus grotescas bromas, les reprochó que no “hubieran combatido con nosotros en Normandía”, frase que ha dejado atónitos a todos los observadores y que revela su incultura histórica.

Al hacer ver a Trump que los kurdos, para defenderse mejor del ataque turco, podrían reducir los efectivos dedicados a vigilar los campos de prisioneros que encierran a muchos excombatientes del EI, el comentario presidencial fue: “Bueno, se escaparán a Europa, que es adonde quieren ir”. Sorprendente aclaración donde sin reparo alguno el supuesto líder del mundo da por hecho que podrán volver a explotar bombas yihadistas en las capitales europeas.

Como afirma Julian Borger en The Guardian Weekly, estos días han sido “los peores para la política exterior de EE.UU. desde la invasión de Irak” en 2003. Jamás una alianza se ha invertido tan rápidamente como la de EE.UU. con el pueblo kurdo. Para Trump, la política exterior estadounidense parece ser una simple transacción -al estilo de sus provechosas operaciones inmobiliarias- y abandonar Siria a la voluntad de Rusia o Irán, adonde los kurdos acudirán ahora que el aliado americano les ha abandonado, es para él un simple movimiento táctico si beneficia sus expectativas electorales.

No lo entienden así altos mandos del Pentágono, desde donde se informa de la irritación de algunos generales y oficiales de menor rango que combatieron al EI sirviéndose de los kurdos como fuerzas terrestres de choque. Se preguntan dónde podrán volver a utilizar tropas locales en sus futuras operaciones ante la resonante pérdida de credibilidad que tal decisión implica.

El caos que parece rodear a la política internacional de Trump no es sino el reflejo exterior de un sistema político en bancarrota moral. En sus cuentas personales, Trump confía en la lealtad del partido republicano, donde “el que se mueve no sale en la foto” (al estilo del PSOE de Alfonso Guerra), y en la Justicia, donde los principales cargos están ocupados por fieles incondicionales. El resultado final está claro: los kurdos lo pagarán con sangre y EE.UU. con la pérdida de fiabilidad del “aliado americano”.