El fusilamiento del general Torrijos y sus compañeros

Publicado en Expansión, 6 de abril de 2019. (*)

En torno a El fusilamiento del general Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga (1888), de Antonio Gisbert (Alcoy, 1931-París, 1901), el Museo Nacional del Prado ha inaugurado una exquisita exposición –Una pintura para una Nacion– que muestra, en el contexto de su Bicentenario, entre otras obras, el dibujo preparatorio de la obra y la reducción en tabla que el artista ejecutaría después, la carta ológrafa en la que el general se despide de su esposa, otro lienzo relevante de Gisbert, el dedi cado a los Comuneros de Castilla, y el retrato de Sagasta obra de Casado del Alisal. La muestra se completa con el estudio definitivo sobre la obra que ha publicado Javier Barón,
comisario de la exposición.

La primera impresión es la de estar en presencia de una obra maestra, uno de los cuadros más sublimes del Museo del Prado y de la historia del arte español. Y lo es. Con un planteamiento clásico pero con toques sutiles de modernidad, resuenan en el lienzo enormes ecos de Los fusila mientos del 3 de mayo de 1808 de Goya, de La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, de las escenas épicas de Jacques-Louis David y más tarde de Meissonier, legados sobre los que Gisbert imprimió una capa de luz fría, la luz gris del romanticismo ale-
mán, de Caspar David Friedrich, contemporáneo de nuestro artista.

En la mañana del 11 de diciembre de 1831, la playa de San Andrés, la mar bravía, desprende humedad, tristeza e ignominia. Se respira la atmósfera de la literatura romántica: la presencia invisible de Byron, de Larra, de Zorrilla o del gran Espronceda, to dos ellos liberales progresistas, autor el último del célebre soneto dedica do a Torrijos y a sus compañeros. Dice con razon Miquel Falomir, director del Museo, que este cuadro es el Guernica del siglo XIX. El Guernica describe la fuerza anónima, ciega y brutal de la guerra. El mensaje del Fusilamiento es más trágico si cabe:  la represión de las ideas y de las liber-
tades encarnizada en personajes de carne y hueso porque, después de los
judíos, nadie como los liberales han sido perseguidos con tanta saña y fe-
rocidad en España. Como Calvo Serraller dejó escrito en un libro conjunto con Juan Pablo Fusi, aquí reside el valor ético de la obra de Gisbert:  en el sentido moral del sacrificio como representación de la victoria. Del cuadro emana un sentimiento casi religioso que embarga a los visitantes que conocen la historia.

Corazón de plata fina

Como ciudadano, veo al general Torrijos, 40 años, el “general noble de la frente limpia”, “caballero entre los duques, corazón de plata fina”, que dijera Federico Garcia Lorca, el capitán que a los 17 años se unio a Daoiz y Velarde en el parque de artillería de Madrid, oficial a las órdenes de Wellington en la primera línea de la batalla de Vitoria, hito crucial de la Guerra de la Independencia, capitán general de Valencia, mariscal de campo, ex ministro de la Guerra, encarcelado por la Inquisicion tras la reinstauración del absolutismo. Uno de nuestros primeros generales libe rales, junto a Riego, Espoz y Mina, despues Espartero, Serrano, más tarde Prim –asesinado tambien por una facción conservadora– y muchos otros, héroes de España, héroes de la lucha contra la reacción conservadora y el foralismo carlista y ultraderechista. A lado de Torrijos, uncidos por las manos, Fernández Golfín, exministro de la Guerra –cuya descendiente, la Marquesa de la Encomienda, asistió  emocionada a la inauguración de la exposición–, Flores Calderón, ex presidente de las Cortes –los retratos de sus nietos por Esquivel están en el Museo–, el coronel López Pinto, el oficial inglés Robert Boyd, otros militares y el cuerpo de tropa. Sus restos reposan bajo el Obelisco funerario de la Plaza de la Merced de Málaga, la misma en laque iba a nacer Picasso.

Como jurista contemplo espantado el modo en que el general y sus compañeros fueron vilmente fusilados, previa emboscada, por orden personal de Fernando VII, sin juicio previo y con la complacencia de las autoridades civiles y eclesiásticas de Málaga. Aunque no hay mujeres en el fusilamiento, no olvidemos que en ese mismo y fatídico año de 1831, Mariana Pineda, por haber bordado una bandera liberal, recibió a los 26 el garrote vil en Granada, también al parecer con intervención personal de aquel malvado monarca. Si Torrijos fue ensalzado por Espronceda, ambos, Torrijos y Mariana, lo serían ni mas ni menos que por Lorca en su Romance de la muerte de Torrijos.
Fernando VII moriría dos años después entre el desprecio del pueblo español y el recuerdo de los retratos despiadados que le hizo Goya, otro liberal. No pudo haber mayor venganza para el tirano que el hecho de que su viuda, Isabel de Borbón-Dos Sicilias, la Reina Gobernadora, se casara el año siguiente con su guardia de corps y en una de sus primeras disposiciones otorgara a la viuda del general el título de Condesa de Torrijos.

En 1869, siendo Gisbert director del Museo del Prado, el General Serrano, Regente del Reino, promulgó por orden de las Cortes Constituyentes la ley por la que se nacionalizaba el patrimonio de la Corona, hecho histórico cuyo 150o aniversario conmemoramos este año. Sin esa ley de los liberales es posible que la colección del Prado, hasta entonces propiedad de la Corona y sobre cuya unidad o afección nada había dispuesto el monarca, estuviera ahora dispersa y dividida por el mundo.

Recordemos también al presidente Práxedes Mateo Sagasta, que tuvo la feliz idea en 1886 de encargar este lienzo al artista que mejor podía realizarlo. Con el paso del tiempo, muchos españoles piensan que el si glo XIX fue un periodo uniforme, sin aristas, cuando la realidad fue la contraria, la lucha perenne contra el absolutismo y las terribles guerras carlistas, una parte de España siempre queriendo volver atrás en la historia. Sagasta y su ministro Alonso Martínez hubieron de poner un esfuerzo extraordinario para sacar adelante la primera ley de lo contencioso-administrativo de 1888 –el año de nuestro cuadro– frente a la durísima oposición de Cánovas del Castillo. Fue tambien Sagasta quien aprobó la creación del Cuerpo de Abogados del Estado y el principal promotor del Código Civil español y de las leyes de  enjuiciamiento civil y criminal.

Hasta 1978, por no decir hasta 1982, todos los proyectos de democracia en España fueron efímeros y estuvieron destinados al fracaso. Faltos aún hoy Torrijos, Sagasta y Alonso Martínez, incluso Gisbert, de biografías solventes, me pregunto qué politicos –y qué artistas– de ahora seguiran siendo conocidos y admirados por los españoles dentro de 120 o 150 años. Aunque lo que de verdad importa es la pervivencia –siempre amenazada– del legado liberal al que todos se apuntan con más, menos o incluso ningún fundamento.

 

(*) Extracto actualizado de la intervención del autor en la inaguración de la exposición que tuvo lugar el 25 de marzo de 2019.