El año de Afganistán

Estamos en el año en que va a finalizar la aventura afgana de la coalición aliada encabezada por EE.UU. y el Reino Unido, con la retirada de las últimas tropas de ocupación. El hecho de que la principal inquietud en las cancillerías occidentales sea evitar una renovada guerra civil tras la salida de los últimos soldados es una muestra patente del fracaso colectivo de una operación bélica que ha mantenido al país en estado de guerra ininterrumpida durante más de doce años, sin apenas haber mejorado su situación política, económica y social.

Guerra que había sido precedida por once años de ocupación soviética y las operaciones de guerrillas organizadas contra aquélla -apoyadas y financiadas por Occidente-, a la que siguió una guerra civil entre los caudillos étnicos rivales, tras la cual los talibanes alcanzaron el poder e impusieron un régimen islamista sobre un pueblo agotado por la violencia. Régimen que fue bruscamente suprimido tras la invasión aliada de 2001.

Digamos, pues, que el pueblo afgano viene padeciendo el estruendo de los disparos y las explosiones y, lo que es peor, las demoledoras irrupciones de los misiles repentinamente disparados desde las alturas por los aviones de ataque no tripulados. No debería sorprender, por tanto, que una encuesta realizada por una fundación estadounidense haya mostrado que el 77% de los afganos siente miedo cuando ven aproximárseles los soldados de las fuerzas aliadas.

Una percepción muy generalizada entre la población es que los sucesivos ocupantes han causado ya demasiada muerte y destrucción; ciertas declaraciones del presidente Karzai han contribuido también a esta percepción al mostrar su desacuerdo con bastantes actuaciones de las fuerzas aliadas.

Las expectativas electorales de Karzai, ante los comicios a celebrar en abril, mejoran cuando sus opiniones se acercan al sentir mayoritario de la población, si bien esto crea irritación en Washington y Londres, tanto más cuanto que la oferta electoral se presenta llena de incertidumbre. Casi todos los candidatos llevan consigo el estigma de la corrupción y algunos de ellos son viejos caudillos sobre los que recaen acusaciones de crímenes de guerra.

Un caso extremo es el de un veterano islamista que ha pasado a la historia como el que invitó a Osama ben Laden a instalarse en Afganistán en 1996. El visto bueno dado por los aliados a tal conglomerado de aspirantes a la presidencia del país muestra la hipocresía de quienes, olvidado el discurso pro democracia y derechos humanos que justificó la invasión, solo pretenden abandonar el país con el mínimo coste y salir pronto del avispero adonde les llevó el alucinado presidente Bush y sus jactanciosos aduladores del Pentágono.

Algunos analistas intuyen signos de optimismo, ya que varios aspirantes a la presidencia tienen previsto elegir como aliados a dirigentes de otras etnias, lo que podría evitar el resurgir de las rivalidades internas que tanta sangre hicieron correr en el pasado. Esto, sin olvidar que los talibanes también tienen algo que decir, para lo que existen negociaciones con los dirigentes menos radicales, con vistas a encontrar puntos de acuerdo entre el futuro Gobierno de Afganistán y quienes siempre han seguido activos en la sombra, sin abandonar sus intenciones originales.

Todo esto tiene lugar en un país considerado como el tercero más corrupto del mundo, donde la tasa de mortalidad infantil se iguala a la de los más atrasados países del África subsahariana y que ostenta uno de los peores puestos en la clasificación de Naciones Unidas sobre la igualdad entre géneros.

A medida que se aproxima la fecha de las elecciones, aumentan las sospechas de inminentes irregularidades, siguiendo lo que parece ser costumbre. Como informa un corresponsal del Institute for War and Peace Reporting destacado en Ghor, la opinión dominante entre los residentes es esta: “En las elecciones pasadas, los sicarios de los poderosos se situaban junto a las urnas, para forzar a la gente a votar por su candidato. Aunque había policías cerca, tenían miedo a decirles nada. Esto pasará otra vez, por mucho que se diga que la policía va a proteger la libertad de voto”.

Un jefe de policía afectado por esta situación explicaba que su capacidad de actuación era muy limitada: “Muchos de esos matones están apoyados por miembros del Parlamento y por ministros del Gobierno; por esa razón, poco podemos hacer los jefes de la policía local para remediar el problema”.

Sea como sea, Afganistán se encara a momentos importantes, y los países que, como España, han intentado contribuir a mejorar la situación del pueblo afgano deberían observar con preocupación los próximos acontecimientos en ese país, de los que ellos son también responsables en distinto grado.

Publicado en CEIPAZ el 24 de febrero de 2014