El amor no ahoga

Desde que supe de las muertes del soldado Carlos León Rico y el cabo Miguel Ángel Jiménez Andújar, y las circunstancias en las que se ahogaron el pasado 21 de diciembre en las tenebrosas maniobras de Cerro Muriano, en Córdoba, he querido escribir sobre ello. El momento ha llegado ahora, inspirada por el amor en este mes de febrero que lo celebra. Qué muertes tan estúpidas, morir por nada. Ojalá no queden en vano. Quienes deberían haberles respetado, cuidado y querido les bajaron al foso del que habla Víctor Hugo en “Los miserables”. Como soldado y cabo que he sido quiero hacerles mi homenaje. Vestir el uniforme militar durante veinte años como parte obrera de esta sociedad militar me confiere el derecho a hacerlo. Y si no, me lo tomo yo. Carlos y Miguel Ángel murieron ante los corazones de sus compañeros de armas. Han debido quedar marcados para toda la vida porque saben que sólo la buena suerte les ha separado del mismo destino. Y murieron ante los ojos de una sociedad que no termina de entender en qué condiciones y modus operandi se trabaja en sus Fuerzas Armadas en demasiadas ocasiones. Pobres chicos, pobres familias, padres, madres, hermanos, hermanas, amigos, amigas, pobres compañeros que les lloran hoy con el amor que ya no pueden darles en vida. Pobres parejas sentimentales. La mujer de Miguel Ángel espera un bebé. ¡Qué horror! Le contará cómo su padre no dudó en ir a rescatar a su soldado, a su compañero. Le contará que la valentía y honor que le acompañan en la vida los ha heredado de su padre, el mejor legado del que puede presumir todo hijo o hija.

Sabed que esta historia que hemos conocido tiene por doquier otras iguales que caen en el olvido con los años, por desconocimiento de la prensa o porque andan perdidas en los periplos judiciales militares, cuyo principal encargo es no manchar el buen nombre de las Fuerzas Armadas por encima de hacer Justicia. Sabed que en nuestros ejércitos, por mucho que las Reales Ordenanzas recojan que “El militar que ejerza como mando considerará a sus subordinados como valor inestimable y no los expondrá a mayores peligros que los exigidos por el cumplimiento de la misión”, hay superiores jerárquicos que abusan de autoridad o ejercen el mando sin responsabilidad y que, por el maldito corporativismo de esta institución, están protegidos mientras que las víctimas andan desamparadas, solas, sin acceso a los derechos fundamentales básicos. Algunas podemos contarlo, otras no. Necesitamos vuestra ayuda porque a una sociedad informada, consciente, no se la engaña. A una que sabe o no ve, sí. Y por eso mi madre comprende a sus madres. Y por eso sus madres saben de lo que hablo. Sabedlo, la Justicia Militar debe desaparecer en tiempos de paz. Los delitos deben ser juzgados por la justicia ordinaria por jueces y juezas independientes, que no estén pendientes de sus ascensos y no le deban nada a nadie. Y a la prensa independiente, a los periodistas que hacen honor a su profesión, también los necesitamos. El amor, también en el ejército, va de esto, de cuidar, respetar, proteger, ser equipo, de la confianza y la seguridad de que el enemigo no está en casa.

A veces me pregunto qué está pasando en este mundo y por qué se insiste en hacer el mal. He sabido siempre la respuesta, pero no le ponía las palabras adecuadas hasta que tropecé con Los miserables. Es fascinante cómo el pasado nos enseña, cómo hay personas que llevando muchos años muertas nos ayudan a entender el presente y nos hacen crecer.

Víctor Hugo explica cómo debajo del edificio social hay excavaciones de toda clase, y que en cada sociedad, como en los teatros, existe el foso. El subsuelo de la sociedad está lleno de minas: la religiosa, la filosófica, la política, la económica, la revolucionaria. Excavamos con las ideas, otros con los números, otros con la cólera. En las minas se llaman y responden de una catacumba a otra. Las utopías circulan bajo tierra por esas galerías. Nada detiene ni interrumpe el impulso de todas esas energías hacia su objetivo, y la vasta actividad simultánea va transformando lentamente lo de arriba en lo de abajo, lo de dentro en lo de fuera. La sociedad apenas intuye esas excavaciones, que la dejan intacta en la superficie pero le cambian las entrañas. ¿Qué sale de todas esas excavaciones? El porvenir. Adivinar el porvenir en su estado embrionario es una de las visiones del filósofo.

Ciertamente, cualesquiera que sean sus diferencias, desde el minero más elevado hasta el más nocturno, desde el más sabio a la más loca, guardan una similitud: el altruismo. Tenemos que venerar, haga lo que haga, a cualquiera que tenga este signo: la pupila de estrella. Y Víctor Hugo nos avisa de algo fundamental: ante quien no tiene mirada, pensemos y temblemos. El orden social tiene sus mineros oscuros. Más abajo, y sin relación alguna con las galerías superiores, está la última trinchera, el foso. Es el foso de las tinieblas. Está comunicado con los abismos, donde el altruismo desaparece. El yo sin ojos aúlla. Las personas del foso no se interesan por el progreso universal, ignoran las ideas y las palabras, les preocupa únicamente la satisfacción individual.

Quienes habitan el foso son casi inconscientes y en su interior hay un vacío aterrador. Han sido criados por la ignorancia y la miseria. Tienen una guía, la necesidad, y como única forma de satisfacción, el apetito. Estas larvas pasan del sufrimiento al crimen.

Es el odio sin excepción. La finalidad de esta caverna es el hundimiento de todo el edificio social. De todo. Incluidas las trincheras superiores, a las que aborrece. Su espantosa agitación mina la filosofía, la ciencia, el derecho, el pensamiento humano, la civilización, la revolución, el progreso. Se llama sencillamente robo, prostitución, muerte, asesinato. Esta caverna es pura tiniebla y ambiciona el caos. Su bóveda está hecha de ignorancia. Destruid la caverna ignorancia, y destruiréis al topo Crimen, dice Victor Hugo en su obra inmortal. El único peligro social es la Sombra. Todas las personas están hechas con la misma arcilla. No hay ninguna diferencia. Pero la ignorancia, mezclada con la pasta humana, la ennegrece. Este ennegrecimiento incurable se apodera del interior del ser humano y allí se convierte en el Mal. Hay demasiados mineros de las tinieblas alcanzando las galerías superiores y sabemos perfectamente qué sucede cuando los tiranos tienen poder: el peligro está servido, el Mal, personificado.

Tenemos que devolver a los miserables al foso del que provienen en lugar de hacerles hueco en la superficie. Son los que siembran odio por todas partes. No sólo debemos identificarlos, sino impedir que campen a sus anchas por las tierras de la decencia. De seguir así, poco queda para que en esta sociedad el foso sea la superficie, si es que no lo es ya.

Ahogados por el yo sin ojos que aúlla, Carlos y Miguel Ángel, pupilas de estrella, merecían amor.

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