(des)Memoria y presente

El pasado 10 de mayo asistí en el Ateneo de Madrid a un acto emocionante. En él se recordaba el nacimiento (que no la génesis, de eso creo que se ha hablado poco), la trayectoria, la desaparición y las consecuencias de la Unión Militar Democrática (UMD). El acto en sí era hermoso, pero a mí me despertó ciertos recuerdos y una nostalgia de un presente que por desgracia no ha sido como algunos imaginamos. Asistimos un buen número de personas, y digo buen número porque estoy acostumbrado desde que pertenezco al Foro Milicia y Democracia (FMD) a que la asistencia a este tipo de actos sea más bien escasa. En este mundo de vorágine excesiva, pararse a mirar de dónde venimos parece un ejercicio fútil. Comprobé con cierta pena que la gran mayoría de los y las asistentes éramos personas que ya no cumpliríamos los sesenta. Y eso me llevó a varias reflexiones que trataré de recoger en estas líneas.

La primera fue el recuerdo de cómo conocí la existencia de la UMD allá por el año 1975. En una de las reuniones del “verticato” (sindicato vertical franquista para los más jóvenes) de Oficinas y Despachos a las que yo asistía como “enlace sindical” en mi empresa, un miembro de la CSUT y otro de CCOO comentaron que habían detenido a los militares demócratas de la UMD, pero que su detención (de la que no se hablaba apenas en España) había trascendido al extranjero donde uno de ellos, el entonces capitán José Ignacio Domínguez, estaba dando ruedas de prensa “por todo el mundo” contando lo que había pasado. El miembro de CCOO, inflamado de democracia, aseguraba que el movimiento 25 de abril portugués había calado en nuestro ejército y que pronto se vería un gran movimiento de los militares jóvenes para derrocar al régimen y traer la democracia.

Ni el compañero de CSUT ni yo mismo participamos del entusiasmo. Y siento que el tiempo nos diera la razón. Parece mentira los recuerdos que puede despertar (o tal vez crear) una imagen en nuestra mente, pero me vi a mí mismo aquella calurosa tarde de septiembre en el local de la avenida de América de Madrid, semioculto tras una columna y cuchicheando al respecto.

La segunda reflexión fue constatar cómo la (des)memoria colectiva de este país ha enterrado siglas, y por tanto organizaciones y militantes de esas organizaciones, que tuvieron un intenso papel protagonista en el advenimiento de la democracia a España. Más allá del papel muy protagonista del PCE y de CCOO en la lucha contra la dictadura, hubo una constelación de organizaciones que lucharon, con mayor o menor fortuna y acierto, por una sociedad democrática y justa. Muchas personas a título individual, al menos en el campo sindical que era el que yo conocía, se sumaban a esas luchas aun no compartiendo del ideario de quienes las encabezaban más que la necesidad imperiosa de libertad y justicia. Yo mismo me presenté al puesto de enlace sindical en 1972 siguiendo las consignas de copar el “verticato” que lanzó CCOO, aunque mi orientación (que debo reconocer no fui capaz de encuadrar hasta un par de años y muchas lecturas después) estaba lejos muy a la izquierda de ese sindicato.

Lo importante era, como en la canción L’Estaca de Llach, mover ese edificio carcomido para que cayera y dejara paso al aire y la luz de la democracia. Así que ahora recuerdo a muchos y muy buenos amigos que bajo siglas diferentes (ORT, CSUT, USO, OSO, CNT, FAI, etc.) estuvieron a mi lado o yo al suyo en los diferentes conflictos colectivos de aquellos años en defensa de los derechos de los trabajadores.

Esa desmemoria se ha extendido a los primeros años de la democracia en los que surgieron otras muchas organizaciones, algunas políticas como el PSP de Tierno Galván o el PSOE-H reconvertido a PS y ambos fagocitados por el PSOE, salvo un resto que pervive en el PASOC, o un efímero PSUC resucitando el eco de la República, hoy refundado en el PSUC VIU, o el PST (Partido Socialista de los Trabajadores) o el PCPE (Partido Comunista de los Pueblos de España), o la FIGA (Federación Ibérica de Grupos Anarquistas).

Entre los movimientos olvidados, uno me fue especialmente querido porque suponía la demostración para mi inflexible mente de ese tiempo de que la sociedad pervierte al ser humano y le convierte en delincuente empujado por la necesidad y la ausencia de posibilidades. Me estoy refiriendo a la Coordinadora de Presos en Lucha (COPEL), que protagonizó algunas de las revueltas carcelarias protagonizadas por los llamados “presos comunes” (para diferenciarlos de la élite carcelaria compuesta por los “presos políticos”) más sonadas de esos inicios de la democracia. Tuve con alguno de sus miembros algunas conversaciones que reafirmaron (desde la tosquedad de los argumentos de quien no se había podido preparar más que en la “universidad de la vida o de la calle”) mi idea de que es la sociedad la que crea y de alguna forma mantiene la delincuencia como un “saco de golpes” donde encerrar las frustraciones para que sirvan de ejemplo a quienes no sigan las reglas. Al final, esos presos también eran políticos, porque son las políticas de una sociedad alejada de la equidad y un escaparate de lujo y riqueza que atrae a quienes se ven más preteridos en la mayor parte de los casos, la que propicia su existencia. Algún poso de aquello me queda aún porque sigo tendiendo a justificar ciertos delitos, especialmente aquellos “contra la propiedad de quienes no te dejan elegir” como Sabina cantó en su magistral ¡Qué demasiao!, de cuando Sabina era aún Sabina.

La tercera reflexión es ver cómo la (des)memoria ha olvidado y borrado muchos de los acontecimientos de esos inicios, desde los más “lúdicos” como los conciertos de cantautores o grupos como Quilapayún que solían acabar con una buena ración de palos de los grises en cuanto nos inflamaba aquello de “el pueblo unido jamás será vencido”, hasta los más luctuosos, algunos sí recordados como los últimos fusilamientos del franquismo o el asesinato de los abogados de Atocha, pero otros sepultados en el olvido como los asesinatos en comisarías como el de Agustín Rueda o a manos de bandas ultraderechistas como el de Yolanda González.

Vívidamente me viene a la cabeza el recuerdo de aquellos “tiros al aire” de la policía que sospechosamente acababan con la vida de uno o varios manifestantes, y la “gracieta” que corría entre la gente, especialmente los más adeptos al Régimen que se estaba superando, de señalar que como el aire estaba en los pulmones, era natural que al disparar al aire quedara afectado algún pecho. Parece que aquella campaña de “los hombres que hacen posible la democracia en España” con fotos de líderes de la UCD (magistralmente contestada por Carlos Giménez en su cómic de la serie España: Una, Grande y Libre) enterró tantos y tantos sacrificios y luchas de tantas y tantas personas para el advenimiento de una democracia real y no basada únicamente en unas elecciones cada cuatro años.

Nunca hay tiempo en las clases de Historia para llegar al siglo XX, para contar los antecedentes de las dos dictaduras (Primo de Rivera y Franco) y el breve interregno republicano que ocuparon casi tres cuartas partes del siglo

La cuarta reflexión, que quizá en mi mente fue la primera porque me surgió justo cuando José Ignacio Domínguez leía un correo electrónico de 2010 y otro de 2023 de los que hablaré más adelante, fue que toda esa (des)memoria nos ha traído hasta donde estamos. Nunca hay tiempo en las clases de Historia para llegar al siglo XX, para contar los antecedentes de las dos dictaduras (Primo de Rivera y Franco) y el breve interregno republicano que ocuparon casi tres cuartas partes del siglo XX. Tampoco hay tiempo, por supuesto, para contar la Transición, lo que ocurrió realmente, quiénes pagaron el pato y quiénes se aprovecharon del cambio.

Por hacer un símil comprensible, en aquella obra de teatro que fueron los primeros años de la Transición, quiénes fueron sus actores en lo alto del estrado y quiénes se encargaron de que la obra fuera realmente posible, quiénes los tramoyistas, los iluminadores, los carpinteros, los albañiles y ese largo etcétera que casi nunca aparecen en los títulos de crédito, que hicieron posible la construcción del escenario para el lucimiento del actor. Al fin y al cabo, ese actor repite un guion escrito por una mano oscura (en este caso sí, el autor no es del siglo de oro o de cualquier otro periodo de la fecunda literatura española, sino un anónimo y oscuro grupo poderoso cuyos intereses no son los del pueblo sino los suyos propios) que les hace aparentar que son los protagonistas de una ideas aparentemente contrapuestas, pero que sólo cuando alguna se contrapone de verdad el guionista escribe e inventa tramas para oscurecerla o acallarla.

Y ahora la reflexión que ha desencadenado esta verborrea que me temo sólo servirá de desahogo al escritor y a alguna otra mente extraviada como la mía. Contaba José Ignacio que en 2010 se iba a celebrar en la Base Aérea de Morón el 50º aniversario de la llegada al entonces Ala de caza nº 5, donde estaba él destinado, el primer avión caza a reacción que tuvo el ejército español, el F86 “Sabre”. Pero recibió un email de un general (omitiré los nombres por aquello de la protección de datos) comunicándole que no estaba invitado a esa celebración. Los argumentos son peregrinos, pero lo peor es que lo que molestaba a estos militares era la concesión de las medallas (en realidad cruces al mérito) otorgadas “…por el oportunista gobierno socialista (sic) …” a los militares de la UMD y que a éstos se les calificara de “valientes”. “Cada caso particular ahora tiene que apencar con lo que significa haberla aceptado … como ya todos tienen muy claro lo que significan los conceptos de lealtad y valentía que no coincide con los del gobierno y los que habéis recibido esa distinción …” continúa el correo de ese general.

Si quien se enfrenta al poder establecido, jugándose posiblemente la vida y con seguridad la carrera, no es un valiente, no sé entonces qué puede significar ese adjetivo. Pero la única valentía del general y sus secuaces es la que demuestra: desde una posición de poder tratar de impedir a un demócrata que luchó por la democracia que asistiera a un acto al que tenía todo el derecho a asistir. Era ministra a la sazón Carmen Chacón y JEMAD Julio Rodríguez.

Ante este desafuero ilegal, ya que el evento se celebraría en una base aérea, con una participación del ejército y por tanto no se puede privar a nadie que cumpla los requisitos de la asistencia, José Ignacio envió a ese general del Ejército del Aire (nombre omitido como ya he explicado) una queja. Y éste se llamó a andanas: que lo hablara con el que le había excluido (otro militar). Su obligación como superior era frenar el desafuero, pero su ideología franquista (que demostró participando en el chat del fusilamiento de los 26 millones al que me referiré luego) cuadraba a la perfección con la prohibición. Le parecía bien la exclusión. O al menos, no le parecía mal.

Podríamos pensar que esto acabó allí y que se trata de una fascistada más de quienes “despojaron” al capitán general Gutiérrez Mellado de su empleo llamándole simplemente “señor Gutiérrez” y no por su rango como siempre se hace con los militares que se retiran. Pero no. Este mismo 2023, según contó José Ignacio, se ha producido otro caso similar. Los militares de la XIX promoción del Ejército del Aire, que conspiraron con otras promociones de militares retirados del Ejército de Tierra y en unión a la sociedad civil (alguna vez se investigará la “operación Albatros”) en 2020 para derrocar al gobierno recordaremos el chat de los 26 millones de fusilables entre los miembros de la citada XIX promoción–, celebraban el 60º aniversario del ingreso en la academia de San Javier. Por cierto, los “fusiladores” siguen recogiendo firmas y en Internet hay un listado de más de 600 generales y coroneles solidarizándose con ellos. Y todo esto le costó a José Ignacio enfrentamientos con esos “fusiladores” ya que (pásmense de la inteligencia militar) él formaba parte del chat en el que se conspiraba abiertamente y sin recato o pudor democrático alguno.

Pero volviendo a 2023, la celebración del 60º aniversario del ingreso a que nos referíamos de la XIX promoción en la academia se celebrará en la Base Aérea de San Javier el próximo mes de octubre. Así podrán confraternizar con los cadetes y pasarles su bilis venenosa antidemocrática: perpetuar unas fuerzas armadas alejadas de la sociedad civil, encapsuladas en un pensamiento acrítico y más propio del siglo XIX y sus asonadas militares que del siglo XXI. Y de este evento pretenden excluir a José Ignacio. Ya le han dicho que él no está invitado por sus enfrentamientos con los “fusiladores”. Bueno, quizá el Ministerio (doña Margarita Robles), el jefe del Ejército del Aire o quien corresponda, haga algo e impida que desfilen ante los cadetes y se rindan honores a una promoción de la cual más de la mitad de sus integrantes se pasaron hace casi 40 años a Iberia como pilotos comerciales civiles por una cuestión básicamente económica. El amor a la milicia parece estar reñido con el cumplimiento de una obligación de servicio a quien te formó como piloto, si por medio hay mucha pasta y un sindicato como el SEPLA que defiende los intereses privilegiados de estos “caballeretes”.

Así que, mientras me dirigía al aparcamiento a retirar mi vehículo, sentía un regusto mezcla de enfado y satisfacción. Enfado por la persistencia de este tipo de mentalidades en quienes deben defendernos de ataques externos y parecen estar más pendientes de servir a intereses que no son los de toda la patria, sino sólo de los patriotas de bandera que tributan en paraísos fiscales o que tratan de acabar con la mitad de la población. Y satisfacción y orgullo (un poco “emérita” me ha salido la frase). Por haber conocido en persona y haber podido compartir con ellos a una parte de aquellos militares a los que en 1975 admiré sin conocerlos por su arrojo, valentía y sentido del honor que deben tener unas Fuerzas Armadas de todos y para todos.

Gloria, honor y memoria a los militares de la UMD.

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