Cuando la violación no es un arma de guerra

Como pasa muy a menudo, al elaborar comentarios sobre la actualidad se comprueba que el arte cinematográfico añade mucho a los textos y les dota de una imagen visual que ayuda a fijar los conceptos analizados. La película a la que hoy me refiero no es un producto del cine comercial, sino un estremecedor documental rodado en EE.UU. sobre los abusos sexuales ocurridos en sus fuerzas armadas, de los que son víctimas mayoritarias las mujeres alistadas en los ejércitos, aunque también afectan a los hombres.

The Invisible War, estrenada en 2012, tiene el insólito privilegio, del que pocos documentales pueden jactarse, de haber influido directamente en la política nacional, pues entre sus créditos finales se lee: “El 14 de abril de 2012, el Secretario de Defensa Leon Panetta vio esta película. Dos días después tomó la decisión de perseguir directamente [esos delitos] y prohibir que lo hagan los mandos militares”.

Es comúnmente aceptado el hecho de que una mujer alistada en las fuerzas armadas de EE.UU. (Ejército, Marina, Aviación o Guardia Costera) tiene más probabilidades de ser violada por un compañero de armas que de morir en combate. Los testimonios directos de las víctimas, junto con algunas estadísticas oficiales y la descripción del impacto que producen las violaciones en la vida familiar y diaria de quienes las han padecido, constituyen el eje de este documental. Mucho se ha escrito sobre la violación como arma de guerra (cuando es sufrida por las mujeres del país enemigo) y muy poco, o casi nada, sobre la violación entre miembros de un mismo ejército.

En EE.UU. y en cualquier otro país es un asunto silenciado y oculto a la opinión pública, por el impacto negativo que tendría sobre el reclutamiento y el prestigio de los ejércitos. Pero este documental está hecho de modo serio y convincente; rodado con gran profesionalidad sobre un guión bien construido, mantiene en vilo la atención del espectador. Cuando éste abandona la sala no puede evitar una sensación de indignado asombro, tras los testimonios escalofriantes expresados por las mismas personas que sufrieron las vejaciones. Los comentarios suscitados han sido muy contradictorios. En junio de 2012 un conocido crítico estadounidense concluía así su columna: “La consecuencia de esta película es, desoladoramente, que un ejército fuerte no favorece a los llorones, que cierto número de violaciones es inevitable y, también inevitablemente, que algunas mujeres se lo habían buscado. En un proceso se hizo notar que la víctima vestía provocativamente, incluso con el uniforme reglamentario”.

Según datos oficiales del Departamento de Defensa, en 2011 se produjeron 22.800 violaciones en las Fuerzas Armadas de EE.UU., de las que un 10% afectaron a los hombres. La reciente sentencia de un tribunal local dictaminó que “la violación es un riesgo operativo”, propio de la actividad profesional militar. Quizá por este motivo, son muy pocos los casos que se denuncian y salen a la luz. La película sugiere cómo la milicia y el deporte son actividades muy machistas, donde el espíritu de equipo y el prestigio del líder son valores dominantes. El que se queja rompe la coherencia del grupo y, lo que es peor, deja en mal lugar al jefe.

La película recuerda que el 25% de las mujeres no denunciaron nada porque tenían que cursar la queja por conducto reglamentario, y el violador era precisamente su jefe inmediato. Este es el aspecto que se ha modificado en la legislación militar después de proyectarse la película. Incluso hubo casos en que la propia denunciante fue sometida a consejo de guerra y no el violador. La mayoría de las denuncias no son cursadas ni investigadas; raras veces se abre una investigación y casi nunca se castiga al culpable; en cualquier caso, la pena aplicada es inferior a un año.

Es notable el caso de una mujer enrolada en la Guardia Costera que, al ser violada, sufrió una brutal rotura de mandíbula, cuya cura le ha sido negada por la sanidad militar, porque abandonó el servicio antes del plazo mínimo requerido. Seis años después, seguía sin poder ingerir alimentos sólidos. Es interesante advertir que muchas de las jóvenes violadas aquí entrevistadas se alistaron voluntariamente por motivos altruistas (servicio al país o a la comunidad) o familiares (admiración por su padre, tradición familiar), y que sufrieron una brutal decepción de la que no lograron recuperarse.

Entre los comentarios que en EE.UU. suscitó esta película no faltan los que le atribuyen parcialidad o echan de menos ¡la opinión de los violadores! Pero para cualquier espectador sensato -como lo fue Leon Panetta, con cuyas decisiones he discrepado en otros casos- este filme es una llamada a la acción para corregir a fondo el sistema judicial militar de EE.UU.

No es un asunto político. Es una cuestión de justicia y de derechos humanos. Y también de llamar a las cosas por su nombre, no tachando de antipatriota a quien denuncia abusos en los ejércitos. Hay que evitar cualquier tendencia a avanzar por el peligroso camino mostrado por los soldados de EE.UU., tanto en el tratamiento de los abusos sexuales como en el caso de la tortura de prisioneros, como se ha descubierto recientemente en el Ejército español, con el consiguiente escándalo público. Prevenir es siempre más eficaz y menos costoso que curar.

Publicado en CEIPAZ el 25 de marzo de 2013

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