Al final de la escapada del 23F: Tejero y Armada

 

Policías, periodistas, políticos y guardias civiles, en las inmediaciones del Congreso de los Diputados, al término del asalto a la Cámara realizado agentes de la Benemérita al mando del teniente coronel Antonio Tejero Molina. STF / AFP
Policías, periodistas, políticos y guardias civiles, en las inmediaciones del Congreso de los Diputados, al término del asalto a la Cámara realizado agentes de la Benemérita al mando del teniente coronel Antonio Tejero Molina. STF / AFP

Este mes se cumplen ya cuarenta (40) años del asalto perpetrado al Congreso de los Diputados por dos centenares de guardiaciviles al mando del entonces teniente coronel Antonio Tejero Molina. Con la perspectiva que nos da el tiempo transcurrido, un aniversario tan redondo es propicio para revisar los hechos y la participación de los principales protagonistas del golpe de Estado fallido. Claro está que por méritos propios en lugar destacado se encuentra Antonio Tejero. Pero, además de su célebre grito en la tribuna de oradores pistola en mano, sus bochornosos empujones y zancadillas al general Gutiérrez Mellado, y su adorno de salvas de metralleta, sin querer Tejero contribuyó decisivamente con su actuación a la desactivación de este grave intento de subvertir el orden constitucional y reafirmar así la opción democrática de la inmensa mayoría del pueblo español.

Antonio Tejero, como Ricardo Pardo Zancada, entre otros convidados, fueron simples peones de una conspiración militar ampliamente extendida y diversificada tanto en el orden jerárquico como en el institucional. Aunque contaran con el apoyo de ciertas personalidades y elementos civiles —no todos identificados—, y que algunos militares conspiraran de paisano, es indiscutible su neto carácter de trama involucionista de uniforme caqui. El terrorismo etarra, la implantación de las autonomías, la coyuntura de crisis y, en general, la rápida transformación de la sociedad española, servían de combustible cotidiano a los complotados para caldear el otoño/invierno hasta que «florecieran los almendros». Un pequeño informe de inteligencia, bajo el significativo título de Panorama de las operaciones en marcha, describía estas tramas golpistas y resultó premonitorio de lo que ocurriría meses después. El escrito, que no estaba firmado, se atribuye a la pluma del entonces teniente coronel Manuel Fernández-Monzón, oficial entonces destinado en la Oficina de Prensa del Ministerio de Defensa, pero siempre vinculado a los servicios secretos.

En el mes de diciembre de 1980 comienzan a publicarse unos sugerentes artículos en el diario El Alcázar —el periódico de cabecera de la ultraderecha franquista y del llamado búnker militar—, suscritos por un enigmático «Colectivo Almendros». Los artículos se hacen eco del malestar de los mandos militares con la política del Gobierno y llaman abiertamente a una involución profunda de un proceso democrático al que no conceden legitimidad. El contenido de los tres artículos publicados por esta firma colectiva, correlacionados con la sucesión de hechos, permiten deducir que, aprovechando las voces que reclamaban un «golpe de timón» (Tarradellas dixit), estaban diseñados para preparar el terreno a un «gobierno de salvación nacional» que llevaría a cabo una rectificación del sistema democrático. Una suerte de Operación De Gaulle, de corte reaccionario, que el día de autos tuvo su encarnación en la frustrada por Tejero Solución Armada.

Las tramas golpistas maduran con la celebración de diversas reuniones de coordinación hasta un punto en que confluyen en la figura del general Alfonso Armada, quien por su larga vinculación con la Casa Real se presumía confidente —y ejercía como tal— del joven monarca. El general Jaime Milans del Bosch, jefe de la III Región Militar, era el indiscutible líder de los militares golpistas, y en los conciliábulos recibe la promesa de convertirse en el presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor (PREJUJEM) con mando efectivo en las fuerzas armadas. Los servicios de información (CESID) estaban monitorizando las reuniones con agentes infiltrados —se descubrió luego que algunos llevaban un doble juego— para conocer el alcance de estos contactos. La presencia de Armada convence a los implicados del amparo del rey al llamado Supuesto Anticonstitucional Máximo (SAM), lo que desencadenaría la intervención militar.

El gobierno tenía conocimiento de los contactos políticos que el general Armada estaba llevando a cabo por su cuenta y riesgo desde su destino de gobernador militar de Lérida, incluidos algunos miembros destacados del partido socialista como Enrique Múgica. El presidente Suárez, de quien era conocida su enemiga con este general de indisimuladas ambiciones políticas, desaprueba totalmente su nombramiento como segundo jefe del Estado Mayor del Ejército (SEJEME), asignado por intervención directa del rey para facilitar su vuelta a Madrid en este puesto vacante. En el mes de enero de 1981 se ha consumado la ruptura entre el jefe del ejecutivo y el monarca. El presidente del Gobierno, sometido a un desgaste político en todas direcciones y con su partido en franca descomposición, anuncia su dimisión porque no quiere que «el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España».

Llega así la ventana de oportunidad de los golpistas, aunque no todos están pensando en el mismo tipo de golpe, ni comparten la misma información. Los escalones jerárquicos no se relajan en las conspiraciones militares. Con destacado activismo del comandante José Luis Cortina, jefe de los servicios operativos del CESID, se acelera la coordinación del golpe para encauzarlo hacia la Solución Armada. El «Estado Mayor» de Milans también elabora planes de intervención operativa e imparte cometidos en órdenes selladas que se pondrían en práctica cuando Tejero realizara la asonada.

Tejero desconoce totalmente las pretensiones de Armada, cuyo papel en el golpe estima que es de heraldo del rey, y en nombre de quien se está ejecutando. Por esta razón, cuando después de cumplimentarle militarmente y percibir la altivez del marqués de Rivadulla, le exige que le muestre la propuesta de nuevo gobierno que piensa trasladar a la cámara. Es la conocida como «conversación de la pecera», por producirse en una estancia acristalada, clave de la evolución del golpe. Tejero ve con asombro que en la lista que tiene en sus manos se proponen ministros socialistas y comunistas para el futuro gabinete, y niega al general Armada su acceso al hemiciclo. Este no era su golpe. Le reitera que solo obedece las órdenes del general Milans del Bosch.

Se frustra así la Solución Armada y nunca sabremos las posibilidades reales que tenía de prosperar una tal propuesta bajo las condiciones de secuestro de los diputados. La toma del Congreso, con un documento sonoro (cadena SER) y luego de imagen (TVE) implacables, resultaba grotesco como antesala del gobierno de concentración. Permanece desconocida la verdadera información que Armada previsiblemente había proporcionado al rey sobre sus planes (entrevista de Baqueira Beret). Lo que es innegable es que el general Sabino Fernández Campo, en aquel tiempo secretario general de la Casa, prestó un extraordinario servicio al detectar desde el primer momento el riesgo para la Corona de las andanzas de Armada. Su presencia en el Palacio de la Zarzuela hubiera sido la señal para la actuación de todos los capitanes generales. La respuesta al general Juste, jefe de la Brigada Brunete, cuando se interesó por Armada fue decisiva: «Ni está ni se le espera».

Al final de la escapada, que se había iniciado dos años antes en la cafería Galaxia del madrileño barrio de Argüelles, la paradoja estaba servida: fue el propio Tejero quien paró el golpe. Con la violencia y zafiedad de su asalto a la cámara legislativa y secuestro del Gobierno, por una parte; y su despechada negativa a franquearle el paso a la autoridad —«militar, por supuesto»— que había anunciado el capitán Muñecas desde la tribuna, por otra; desactivó la bomba que él mismo había emplazado aquella tarde, aunque nada de esto fuera su intención ni su deseo. Después cerró el trágico sainete con el esperpéntico acto final del «Pacto del capó», en presencia de un marino militar en calidad de espontáneo: El sospechoso habitual capitán de navío Camilo Menéndez.

Fidel Gómez

Secretario del Foro Milicia y Democracia (FMD). Miembro de la Asociación Española de Historia Militar (ASEHISMI)

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