Hace un siglo: el ocaso del káiser Guillermo II

Publicado en República.com

Ahora hace un siglo, el diario madrileño “La correspondencia de España”, fechado el domingo 3 de noviembre de 1918, incluía un suelto en primera página, titulado “Firma de la abdicación”, donde se aseguraba que “según noticias procedentes de fuentes dignas de crédito, el Kaiser [sic] firmó la abdicación el miércoles, después de la conferencia de príncipes confederados celebrada en Berlín (agencia Radio)”.

Las fuentes del diario no parecían dignas de tanto crédito, porque el 30 de octubre, es decir, el mismo miércoles en el que se aseguraba que el káiser había abdicado, éste se había trasladado desde Berlín a Spa, la ciudad belga donde residía el Cuartel General Imperial.

En Berlín se venía discutiendo sobre la abdicación de Guillermo II en su hijo y la creación de un Consejo de Regencia. Entre las élites dirigentes predominaba la opinión de que el emperador debería sacrificarse para conservar la dinastía, a pesar de que la revolución se propagaba por todo el país y la fortuna no sonreía a las armas imperiales, batidas y en retirada.

El ministro del Interior de Prusia, Drews, viajó ese mismo día a Spa para proponer al emperador su abdicación y la respuesta de éste no dejó lugar a dudas: “¿Cómo puede ser que usted, como oficial prusiano, haga compatible esta misión con el juramento prestado a su rey?” (Guillermo II era emperador de Alemania y rey de Prusia).

El mariscal Hindenburg apoyaba al káiser en su determinación a no abdicar. Cuando Drews abandonó Spa, el historiador británico Martin Gilbert narra cómo el general Groener, que había presenciado la entrevista, sugirió otra solución: “El káiser debería marchar al frente, pero no para pasar revista a las tropas u otorgar condecoraciones, sino para buscar la muerte. Debería ir a una trinchera que esté bajo la plena furia del combate. Si muere allí, sería la mejor muerte imaginable. Si resultase herido, los sentimientos del pueblo alemán hacia él cambiarían totalmente”. A Hindenburg le pareció una mala idea; no se conoce la opinión del propio káiser.

Así que no solo no abdicó el 30 de octubre, sino que el 1 de noviembre, a un emisario del príncipe Maximilian von Baden, Canciller del Reich, que ya había informado a EE.UU. de la disposición de Alemania a firmar un armisticio, respondió así: “Ni en sueños voy a abandonar el trono por culpa de unos centenares de judíos y unos miles de obreros. Dígaselo así a sus jefes en Berlín”. El káiser vivía ya de espaldas a la realidad alemana.

También España vivía de espaldas a esta guerra, inmersa en sus propios problemas, pero hubo un poeta español que coincidió con la sugerencia del general Groener en una oda que comenzaba con un desmedido elogio al káiser:

“Fue Emperador.

“El pueblo, bajo su férrea mano,

“Llegó a la excelsa cumbre.

“Su aliento soberano

“Fue impulso vigoroso, magnífico y triunfal,

“Que iluminó las ciencias, las letras y las artes,

“Y en marcha arrolladora llevó por todas partes

“El juvenil latido del alma nacional”.

El poema proseguía lamentando el desprecio y el vacío creado en torno al derrotado emperador cuando abdicó:

“La humanidad entera le persigue y le acosa

“Y ni en la España noble, rebelde y generosa,

“Se oye una voz de aliento ni un eco de piedad”.

Y concluía proponiendo un remedio a la situación con estos enfáticos alejandrinos:

“Pero es que nuestro pueblo jamás ha comprendido

“Que un rey se ciña humilde la argolla del vencido

“Y marche tras el carro triunfal del vencedor.

“Sino que con sus fieles se lance a las trincheras,

“Desnudos los aceros y en alto las banderas,

“Para salvar, muriendo, la Patria y el honor”.

El káiser, para unos figura mítica y para otros un tirano despreciable (para el que Lloyd George, primer ministro británico, proponía la horca) pocos días después -como tendremos ocasión de comentar- se exilió a Holanda, país que había permanecido neutral durante la conflagración.

No salvó “la Patria y el honor” pero sí su propia vida, lo que le permitió conocer la ocupación hitleriana de su país de acogida y murió en 1941, en una Holanda que estaba empezando a sufrir los horrores de la bota nazi y las sangrientas purgas de las SS contra la población judía.

Nota: Una película británica de 2016, que no pasará a la historia de la cinematografía, retrata los últimos días del káiser en su refugio holandés de Doorn, dentro de una sencilla trama de espionaje: The Exception (“El último beso del káiser”), con una convincente interpretación del veterano Christopher Plummer.