Perder la guerra ganando las batallas

Publicado en nuevatribuna.es

Israel parece ser al que mejor le van las cosas. Ha logrado que el genocidio de Gaza y la colonización de Cisjordania pasen a un apenas visible segundo plano

Creo que la guerra a la que, con incertidumbre e incomprensión, estamos asistiendo desde el 28 de febrero, ya no se le debería llamar “la guerra de Irán”, como con frecuencia hace la prensa, ya que el “campo de batalla” se ha extendido, y en más bien en poco tiempo, a todo el Cercano Oriente, habiendo quedado Irán (la batalla de Irán) como sólo un escenario más del conflicto armado generalizado, donde Israel, por ejemplo, simultánea la batalla de Irán con su batalla de Líbano e Irán, por ejemplo, simultánea su batalla contra Estados Unidos e Israel con su batalla contra las petromonarquías de la península Arábiga. 

Indudablemente, el gran perdedor está siendo hasta ahora, Irán a pesar de su leonina reacción frente a la enorme superioridad bélica de sus dos agresivos enemigos, Estados Unidos e Israel

Es en este escenario en el que con más facilidad se puede, creo, vislumbrar quién, y en qué, está ganando o perdiendo.

Desde este punto de vista, Israel parece ser al que mejor le van las cosas. Ha logrado que el genocidio de Gaza y la colonización de Cisjordania pasen a un apenas visible segundo plano; está logrando que las instalaciones del desarrollo nuclear iraní estén siendo repetidamente atacadas, frenando la posibilidad de Irán de convertirse en potencia nuclear, quedando Israel como la única potencia nuclear en el área; está logrando difuminar, en el maremagnum generalizado, su vieja aspiración de expandirse a costa del territorio del Líbano asentándose definitivamente al sur del río Litani y en el área del valle de la Bekaa fronteriza con Siria, territorios que siempre ha reclamado como parte del Gran Israel bíblico.

La guerra del Cercano Oriente está poniendo en evidencia la divergencia de puntos de vista geopolíticos y estratégicos entre Estados Unidos y sus aliados de la OTAN

Algo parecido puede decirse en relación con las petromonarquías de la península Arábiga, a través de las cuales Irán intenta vengarse de su protector, Estados Unidos, atacando sus bases militares en dichos países y sus campos e infraestructuras petroleras y gasísticas.

Al no ser parte del escenario físico de la guerra, Estados Unidos se libra de la destrucción física y humana que hemos visto que los países in situ están sufriendo, excepto las bajas que puedan sufrir sus tropas desplegadas o actuando en la zona, que ya las ha habido y las habrá, aunque en un número reducido en comparación con los de los países en situ. Lo que no quiere decir que quizás, Estados Unidos esté perdiendo la guerra en el ámbito geopolítico.

Efectivamente, la guerra del Cercano Oriente está poniendo en evidencia la divergencia de puntos de vista geopolíticos y estratégicos entre Estados Unidos y sus aliados de la OTAN o, si se prefiere, y sus aliados europeos, que con la boca más abierta o más pequeña, han condenado el ataque a Irán y todo lo que el mismo ha traído, resistiéndose, incluso, a intervenir para “desatascar “(la batalla de) el estrecho de Ormuz, que tanto les está afectando. ¿Debilitamiento de la solidez de la OTAN y del hegemonismo de Estados Unidos en ella?

Dos consecuencias, al parecer imprevistas, que pueden terminar afectando geopolíticamente a la hegemonía de Estados Unidos, al menos en la forma que hasta ahora estaba pudiendo ejercer.

Si esto llega a ser así, estaríamos ante una situación que podríamos definir como de “perder (geopolíticamente) la guerra (del Cercano Oriente) ganando (bélicamente) sus batallas (en Irán, de la disuasión nuclear, en el Líbano e, incluso, está por ver, en el estrecho de Ormuz).