2015: un año crítico para el Este europeo

Si la economía que hoy agita al mundo y perturba las vidas de tantas personas se justifica en fórmulas misteriosas, no menos incomprensibles aparecen también, para bastantes españoles, los recónditos aspectos de lo que se da en llamar “política de defensa” que, en último término y en líneas generales, viene consistiendo en seguir lo que decide la OTAN, alianza sobre la que España y Europa han descargado la mayor parte de sus responsabilidades militares.

Ahora que comienza 2015 no es superfluo resaltar una paradoja relacionada con nuestra política de defensa. Desde el 1 de enero un destacamento de las Fuerzas Aéreas (cuatro cazabombarderos más el personal y servicios correspondientes) opera desde una base aérea en Estonia, en cumplimiento de una misión que la OTAN denomina “Policía aérea del Báltico”. Su fin es proteger a los tres Estados bálticos frente al hipotético -pero muy improbable- peligro de una agresión rusa.

La paradoja se consuma porque ocurre que esa misma OTAN, que moviliza parte de los escasos recursos militares de nuestro país, no está obligada por el Tratado del Atlántico Norte a mover un solo dedo para la defensa de Ceuta o Melilla, en el caso de que estas ciudades españolas fuesen atacadas.

Pero en la OTAN las paradojas son frecuentes desde su creación, y se multiplicaron cuando el enemigo para el que había sido creada -la URSS y sus satélites- se disolvió pacíficamente, destruyendo la propia razón de ser de la Alianza. La afanosa búsqueda de nuevas misiones que la permitieran seguir con vida la llevó desde Yugoslavia hasta Afganistán, con los inciertos resultados por todos conocidos. Afortunadamente para ella, la Rusia “de Putin” ha venido a insuflarle nuevo oxígeno.

En los despachos de la sede bruselense se habla insistentemente del “expansionismo ruso”, con motivo de la reintegración a Rusia de la península de Crimea (tan anómala ahora como anómala fue la transferencia en sentido inverso de 1954) y el apoyo que presta Moscú a la población rusófona del Este ucraniano, rebelada contra el Gobierno de Kiev.

Si se ignora la propaganda otánica, basta la simple observación de la realidad para constatar que, desde que se derribó el muro de Berlín y se desintegró la URSS, no ha sido Rusia la que ha dilatado sus fronteras. Por el contrario, la OTAN y la Unión Europea se han extendido hacia el Este, lo que desde Moscú es visto como un preocupante expansionismo occidental.

Claro está que el avance occidental hacia el Este no ha sido impuesto por la coerción ni por la fuerza las armas, ya que los países en él implicados lo han hecho de modo democrático y voluntario; incluso en algunos casos con evidente entusiasmo, producto del recuerdo del imperialismo soviético al que estuvieron sometidos.

Esto no impide reconocer que la evolución de la situación en Centroeuropa pone a los dirigentes rusos en una difícil posición ante su propio pueblo. La sensación de que la OTAN acosa implacable a Rusia y está en contacto con su frontera se suma a la vieja ansiedad de la Rusia histórica por alcanzar unas fronteras defendibles. En eso inciden unas recientes declaraciones de Putin denunciando a los “antiguos enemigos” por erigir un “nuevo telón de acero”, materializado en el despliegue militar de la OTAN y en el sistema de defensa antimisiles europeo (al que España se ha sumado), al que acusa de amenazar la seguridad rusa.

En el año que ahora comienza apunta un nuevo peligro para la estabilidad europea: el deseo del Gobierno de Kiev de ingresar en la OTAN, no explícitamente expresado todavía pero claramente sugerido en el Parlamento ucraniano. Si se cumpliera, se evaporaría la posibilidad de llegar a un arreglo que mantuviese la unidad de Ucrania. Este país quedaría atravesado por un nuevo frente, ahora no ideológico ni político sino simplemente estratégico, consecuencia del renovado enfrentamiento entre Washington y Moscú, con la OTAN actuando de catalizador activo.

En este enfrentamiento no solo juegan los factores materiales al uso (economía, recursos, armamento, etc.) sino también otros simbólicos y espirituales que no deben ignorarse. El pueblo ruso se ha sentido engañado por Occidente tras la pacífica disolución de la Unión Soviética, ha conocido la humillación de los años negros de su transición y empezaba a recuperar su perdida autoestima.

La Unión Europea y EE.UU. deberán esforzarse por hacer compatibles sus propios intereses con los legítimos de Rusia, para llegar a un acuerdo que, sin desfiles victoriosos ni humillantes sanciones, reconstruya en torno a Ucrania una Europa participativa, que aspire a la prosperidad común de todos los pueblos. La OTAN no es la fórmula más adecuada para alcanzarlo.