La Base Aérea de Morón en los sesenta

En los años sesenta, y no sabemos si ahora también, los trabajadores civiles de la Base Aérea de Morón eran sometidos a una profunda investigación sobre los antecedente políticos de toda su familia.

En esta investigación colaboraba lo que entonces de denominaba la Segunda Bis, el Segundo Negociado de la Segunda Sección del Estado Mayor. Los jefes de la Segunda Bis en las distintas bases solían ser capitanes del Servicio de Tierra. En Morón, el capitán jefe de la Segunda Bis tenía su despacho en la Torre de Mando.

En los años sesenta no se habían inventado todavía los ordenadores y las fichas policiales de los trabajadores eran cartulinas de papel ordenadas por colores que se guardaban en un archivador de la Torre de Mando. Al fondo a la izquierda del archivador se alineaban las fichas de color rojo intenso, color que se iba dulcificando a medida que se avanzaba hacia abajo y a la derecha, hasta terminar en un color anaranjado, casi amarillo.

En las fichas de color rojo intenso figuraban los parientes del trabajador que habían defendido a la República militando en la CNT o el PCE, luego, en color más suave, los del PSOE, Izquierda Republicana y así hasta llegar a los de la CEDA que ya tenían un color anaranjado, casi amarillo.

Era curioso ver que la inmensa mayoría de los trabajadores de Morón habían tenido algún pariente en el lado republicano, aunque ellos oficialmente no tuviesen ninguna sospecha de ser rojos, puesto que en ese caso lógicamente no habrían sido contratados.

Mientras en la zona española desarrollaban unas labores más propias de una milicia de partido que de un ejército nacional, los americanos estaban enfrascados en la guerra fría. Por esas fechas, en una ventosa mañana del 17 de enero de 1966, chocaba un KC-135, avión cisterna destinado en la Base de Morón, con un bombardero B-52 que portaba 4 bombas atómicas. A dos de las bombas no se les desplegó el paracaídas y se estrellaron violentamente contra el suelo, liberando los cuatro kilos y medio de plutonio que llevaba cada una. Otra bomba cayó suavemente en la playa y la cuarta en el mar.

Los norteamericanos inmediatamente desplegaron todos los medios a su alcance para localizar las cuatro bombas. Las dos que liberaron plutonio las encontraron enseguida, la de la playa les costó un poco más y pensaron que la cuarta estaría en las inmediaciones.

Su obsesión era recuperar la cuarta bomba a toda costa y para ello recurrieron al personal más próximo, el destinado en la Base Aérea de Morón. En las fotos de la época se puede ver como los militares de Morón avanzaban en línea pisando sobre terreno radiactivo, sin ningún tipo de protección.

Encontrar la cuarta bomba antes de que lo hicieran los soviéticos o cualquier otra potencia era una cuestión de seguridad nacional. De hecho el ingeniero aeronáutico español, Guillermo Velarde Pinacho, encargado por Franco de fabricar una bomba atómica, consiguió estudiar in situ el detonador de las bombas atómicas y desvelar el último obstáculo que le faltaba para conseguir su empeño. Analizando las bombas, Velarde consiguió averiguar que los americanos utilizaban un rayo láser en el detonador para poder concentrar tanto calor en un sólo punto.

Pues bien, la obsesión de los norteamericanos por recuperar la cuarta bomba les llevo a descuidar las medidas de seguridad radiológicas y ahora los militares norteamericanos destinados en Morón que participaron en la búsqueda los primero días, están falleciendo de cáncer de forma alarmante.

Los que aún quedan con vida han habilitado una página Web para que los supervivientes pongan una demanda al Gobierno USA por la contaminación radiactiva que sufrieron. Este es el enlace: http://3973cds.com/3973cdspalomares.php

Por ahora, la autoridad española competente reconoce que sólo queda medio kilo de plutonio en Palomares. Próximamente explicaremos donde están los 8 kilos y medio de plutonio que faltan.

 

José Ignacio Domínguez es el responsable de Ecologistas en Acción Andalucía sobre el asunto de Palomares.