Tras el 20 de noviembre

Publicado en www.angelvinas.es

Este año las “celebraciones” del 20 de noviembre me han ilusionado poco. Había pensado que, como en algunos aniversarios precedentes, las masas derechistas se lanzarían a la calle en recuerdo del inmortal Caudillo que, según dicen, forjó la España moderna. No he encontrado muchas noticias al respecto. Todo parece indicar que el duelo se ha mantenido en límites estrechos. La FNFF, cuya misión es conservar, enaltecer y favorecer la obra inmensa del Caudillo en sus más variados matices, se vio obligada, según informa en su página de Internet, a cambiar de lugar su cena habitual porque el restaurante en que iba a celebrarse renunció a albergar a los sin duda ilustres comensales que acudirían. Eso sí, anunció la celebración de misas en diez capitales de provincia más Ceuta “por el alma de Francisco Franco y los Caídos por Dios y por España”. Muy poca cosa en comparación con la tradición del nacionalcatolicismo. Más interesante me parece que tan connotada Fundación haya publicado un interesante artículo de don Gonzalo Fernández de la Mora, hijo, en el que se afirma que él no coincide del todo con la enmienda que VOX ha presentado a la totalidad del proyecto de Ley de Memoria Democrática y en el que la República se caracteriza de “antidemocrática, ilegal, sectaria, guerra civilista, golpista y asesina”.

El citado señor aduce para mostrar su desacuerdo tres salvedades: 1) La enmienda afirma que la monarquía de Alfonso XIII se «autodisolvió» para dar paso a la II República, cuando es obvio, afirma, que se trató de una rendición ante la gravísima amenaza de la violencia izquierdista; 2) VOX minimiza la relevancia del libro de Alvarez Tardío y Villa García [este segundo historiador es quien escribió un informe todavía desconocido contra mis afirmaciones sobre la participación de Juan de la Cierva en la sublevación de 1936], en el que se demuestra un fraude electoral masivo en las elecciones que llevaron al poder al Frente Popular, y lo reduce a un simple «probables fraudes en no pocas circunscripciones«; y 3) Afirma que el gobierno del Frente Popular no estuvo implicado en el asesinato de Calvo Sotelo, cuando se trata de un hecho histórico aún no resuelto”.

Evidentemente VOX no es ya, para algunos, lo que era o debería ser.

A mi, sin embargo, me gustaría que se informara al pueblo soberano, representado en Cortes, acerca de las publicaciones que durante el largo período comprendido entre 1939 y 1976, en el que España entera (en los años bélicos, solo la autodenominada “nacional”) estuvo sometida a una censura de guerra o casi de guerra (esto último gracias al padre fundador del PP, profesor Manuel Fraga Iribarne), hubiesen aparecido para, por lo menos, impugnar las acusaciones que se prodigaron contra la República, entre ellas en particular las que sugiere don Gonzalo Fernández de la Mora, hijo.

En el rastreo por la literatura generada en la “gloriosa” España de Franco lo que servidor encuentra es mas bien ecos del infame Dictamen de la Comisión sobre Ilegitimidad de Poderes actuantes en 18 de julio de 1936, publicado por la Editora Nacional del orgulloso Estado Español  [denominación oficial] bajo la tutela del Ministerio de la Gobernación en el “Año de la Victoria” con 244 páginas de apretado texto. Como es lógico, muchos de los eminentes autores que colaboraron en tal tarea habían sido conspiradores contra la República antes de aquella fecha y algunos desde su advenimiento.

Hay ejemplares que pueden adquirirse por internet al módico de unos 38 euros, pero un repaso a las páginas de Mr Google no da muchas opciones de consulta. El Dictamen se halla en algunas bibliotecas pero, ignoro por qué, durante los cuarenta años de “gloriosa” dictadura no llegó a republicarse. Tampoco después, que yo sepa, lo ha hecho ninguna de las editoriales especializadas en libros de derechas o de extrema derecha que pululan por este santo país. Creo que sería muy conveniente que un equipo de historiadores hiciera una edición crítica.

Los alemanes, tan pronto como Mein Kampf quedó libre de derechos de autor, se apresuraron a preparar una edición comentada. Servidor se apresuró a adquirirla, pero la verdad es que meterme entre pecho y espalda el contenido de dos tomos de gran formato (22×28,50 cm)  con  947 y 1966 páginas respectivamente lo he ido dejando para algún verano en el que no me sienta tan hundido por la pandemia. En lo que se refiere al Dictamen, lo tengo en casa y en algunas ocasiones en la mesilla de noche. Quizá pudiera pensarse para 2029 en su republicación en una edición crítica que, sin llegar a las enormes dimensiones de la alemana, familiarizara a los lectores sobre la distorsión de los hechos que se hizo entonces y que continúa hoy gracias al empeño de VOX y también de alguno de los colaboradores de la FNFF.

Para otra ocasión dejo la posibilidad de comentar la, sin duda, interesante enmienda de VOX, sobre todo después de leer a don Gonzalo Fernández de la Mora, hijo, que afirma que ha sido “redactado sin lugar a dudas por uno o varios historiadores de primer nivel”, por desgracia no identificado(s).

Por el momento quisiera reproducir el texto del artículo que servidor escribió para PUBLICO con el fin de que se diese a conocer el mismo día 20N. En FB y en Twitter subí ese mismo día el artículo que el profesor Julián Casanova, buen amigo mío, publicó en InfoLibre con un título absolutamente neutro: FRANCO. Recomiendo encarecidamente su lectura. Yo fui más modesto y me limité a señalar que, como todos los años precedentes, 2021 tiene su 20 de noviembre.

Claro que los que lo recordamos por haberlo vivido seremos cada vez menos. En paralelo, aumentarán los que no lo hicieron. Para estos, que al menos tendrán ya más de la cuarentena y verosímilmente se preocuparán por la educación de sus hijos, conviene señalar que se trata de una fecha inscrita con alegría en el corazón de muchos. Ciertamente, en el de quien esto escribe.

Después de casi tres años de guerra y cuarenta de posguerra, de los cuales la mitad se pasaron en el autoaislamiento económico (autarquía se decía entonces) y en una represión inmisericorde y con suma frecuencia cruenta para republicanos, liberales, socialistas, anarquistas, comunistas, masones, librepensadores, ateos, todos globalmente incluidos en el concepto de la “Anti-España”, una modesta prosperidad alentada por la emigración, el turismo y la inversión extranjera en medio de una continuada violencia estructural, algo más sofisticada, el 20 de noviembre de 1975 entreabrió las puertas a la esperanza. No sin temores. La Transición también tuvo sus víctimas, de muy diverso tipo. De violencia etarra y de violencia policial, pero alumbró un rayito de luz.

Hoy, como en ocasiones anteriores, representantes escasamente reciclados de los pilares ideológicos de la dictadura, volverán a invadir las redes -e incluso quizá algunas plazuelas- para reclamar una vuelta a aquellos tiempos en los que, sin rastro de vergüenza aparente, afirman que “con Franco vivíamos mejor”. Sin duda hay gente que se lo cree. Algunos porque se lo han dicho en casa. Otros porque lo oyen y leen en las redes. No faltarán los ignorantes.

¡Ay! El sistema educativo español, en buena parte en manos privadas, no ha hecho su deber y, en general, tampoco se le ha obligado a ello. No es lo que pasa en países de nuestro entorno en los que  hay un pasado del que tampoco pueden sentirse demasiado orgullosos, sea porque  en ellos afloraron dictaduras (no tan largas como la española) o bien porque, invadidos, tuvieron que sobrevivir bajo la bota de la ocupación.

¿Por qué, sin embargo, España es un caso un tanto particular en la Europa occidental? Con el paso del tiempo va aclarándose el pasado. Se toma distancia hacia él y, bien o mal, los historiadores hacemos nuestra labor. Es modesta, porque hagamos lo que hagamos no es posible cambiar el pasado. Lo que los historiadores sí podemos es contribuir a modificar las representaciones de ese pasado. Esto es lo que fastidia a mucha gente que, en general, se encuentra del lado de aquéllos que todavía tienen una visión positiva de Franco, hoy fallecido hace 46 años, e incluso de su dictadura. 

Naturalmente a nadie le gusta que le digan que está equivocado. Sin embargo, desde 1975 a esta fecha los historiadores españoles hemos cumplido con nuestro deber. Hemos explorado archivos, hemos leído libremente a los colegas extranjeros ya no censurados, nos hemos puesto al día con los progresos de la disciplina y otras afines, hemos contribuido a interpretar las fosas del olvido, hemos sido un fermento social incansable. Y hemos mostrado algunas cosas que deberían haber sido evidentes sin necesidad de realizar los grandes esfuerzos que hemos realizado individual y colectivamente.

  • La guerra civil no fue irremediable. Fue producto de circunstancias concretas y preparada por actores concretos: monárquicos alfonsinos, carlistas, un sector de las fuerzas armadas debidamente manipulado y siempre contando con el apoyo, que llegó, de la Italia fascista.
  • Se preparó y se hizo con argumentaciones espurias. En modo alguno se trató de evitar que la PATRIA cayera en las garras de masones, judíos, comunistas y demás ralea (en este sentido recomiendo la lectura del último libro de sir Paul Preston, Arquitectos del terror, que acaba de publicarse).
  • No la quisieron los republicanos liberales, ni los socialistas, ni los anarquistas, ni los comunistas ni, en general, la “Anti-Patria”, que aspiraban a una España modernizada en lo político, en lo económico y en lo social.

¿Y Franco?

Franco se “coló” porque la sublevación del 17/18 de julio quedó descabezada tras el asesinato de José Calvo Sotelo (cabecilla civil del golpe) y la muerte en accidente del teniente general José Sanjurjo, rencoroso. No tuvo rivales. Se aprovechó de la prevista ayuda mussoliniana y se encontró con el “chollo” de una ayuda nazi que consiguió en circunstancias que servidor desveló, más o menos, un año antes de su óbito. Como hacemos los historiadores: con evidencias documentales, debidamente analizadas y contextualizadas. Franco traicionó no solo al juramento de lealtad que había hecho a la República, también incluso a la Corona después de haber camelado durante tantos años a Alfonso XIII. Por eso hubo monárquicos que jamás se lo perdonaron, aunque como buenos monárquicos se acomodaron de una dictadura que jamás tomó medidas contra ellos. Las que se tomaron lo fueron contra la “Anti-España”.

¿Y el terror?

En lo que se refiere al que se desató en la zona leal al Gobierno no se hubiera producido si el golpe hubiese tenido éxito o, mejor aún, si no se hubiera ocurrido. En el que se desató en la zona sublevada fue consustancial con el golpe. Estaba previsto. Estaba articulado. Irrumpió con una violencia feroz, porque de lo que se trataba era precisamente de aniquilar a la “Anti-España”, es decir, a quienes representaban un desafío para el orden económico, político y social de la parte feliz de la España, no menos “feliz”, que apoyaba a la monarquía: la Iglesia, las Fuerzas Armadas, la Judicatura más todos los que vivían contentos en aquellos tiempos de modernización controlada.

Es penoso que todavía hoy una parte de la sociedad española siga creyendo las mentiras, camelos y mitos que propagó la dictadura para justificar su nacimiento y su existencia. Pero es comprensible, porque las representaciones del pasado afectan al presente y quienes controlan ambos pueden pensar que también controlarán el futuro. Manipular la historia no es nunca una ocupación inocente”.

Tras reproducir el artículo en cuestión añadiré en este blog que el que tales representaciones tengan éxito o no dependerá de numerosas circunstancias. Políticas, en primer lugar. Ya sabemos lo que pasó con la Ley de Memoria Histórica, secada hasta el punto de apergaminación en tiempos “marianistas”, a pesar de sus aspiraciones más bien modestas. Pero también técnicas. Los historiadores tenemos nuestro granito de arena que aportar. En estas semanas finales de año estoy tratando, con cierta impaciencia, de poder dar el carpetazo a un nuevo libro y ¿saben Vdes. lo que puedo comunicarles?: es una refutación en toda regla de algunos de los mitos centrales de la dictadura. Pero no como hacen los aficionados. No, eso no. Con muchas notas a pié de página, con abundantes documentos extraidos de media docena de archivos, españoles y extranjeros y, para que los lectores profranquistas no se enfaden, con multitud de referencias a libros, también españoles y extranjeros, de muchos de los cuales apostaría doble contra sencillo que no tendrán la menor idea el historiador o los historiadores que auxilian a VOX.