La historia que pudo ser

Las revisiones históricas sobre “lo que pudo haber ocurrido si…” no son solo, por lo general, elucubraciones al gusto de los historiadores con tendencias literarias y una capacidad imaginativa sin límites. Claro está que algunos conocimientos históricos y una probada habilidad para novelar o crear situaciones hipotéticas de un pasado que pudo haber sido y no fue, han permitido a escritores de pluma fluida y exuberancia imaginativa hacer interesantes incursiones en lo que suele llamarse “ficción histórica”.

El campo de especulación parece ilimitado: ¿Que habría ocurrido en España si el golpe del 23-F hubiera tenido éxito? ¿Cómo se habría desarrollado Europa si Napoleón hubiera triunfado en Waterloo? ¿Y si Constantino no hubiera hecho del cristianismo la religión oficial del imperio? A medida que se retrocede en el tiempo, como es natural, el abanico de reflexiones se hace más amplio y la verosimilitud de las situaciones imaginadas se desplaza insensiblemente desde el campo meramente histórico al de la historia novelada.

No siempre es así. Hay revisiones históricas que permiten estudiar con fundamento un pasado no muy lejano, sobre el que existen fuentes acreditadas, y extraer conclusiones de aplicación práctica para el momento actual. No es difícil conjeturar la probable evolución de la historia mundial si en 1941 Hitler hubiera aplastado a la URSS – como esperaban casi todos los analistas políticos y militares del momento- y, poco tiempo después, se hubiera hecho con la primera bomba atómica, antes que EE.UU. No se trata tanto de aportaciones a la ficción histórica sino de estudios a posteriori, relacionados con el “por qué no fue así”. Es decir, analizar por qué el más potente ejército del momento no destruyó a su enemigo oriental, peor preparado y más desorganizado, estudio que entra dentro del ámbito más habitual de la ciencia histórica.

Pero dando por concluida la Segunda Guerra Mundial del modo como ocurrió y no como “podría haber sido”, es tanto o más interesante descubrir por qué fue seguida por los penosos años de la Guerra Fría. Porque el periodo que transcurrió desde el fin de la 2ª Guerra Mundial en 1945 hasta la desintegración de la Unión Soviética al concluir la década de los 90, fue un tiempo perdido para el desarrollo pacífico de la humanidad, durante el que se sembraron muchos de los problemas que aquejan al mundo de hoy.

Precisamente a esto dedica el historiador estadounidense Frank Costigliola su más reciente libro, no traducido todavía al español: Roosevelt’s Lost Alliances: How Personal Politics Helped Start the Cold War (Las alianzas perdidas de Roosevelt: cómo la política personal contribuyó a iniciar la Guerra Fría).
Como es sabido, Roosevelt se esforzaba por mantener una buena relación con Stalin. No cerraba los ojos a la evidencia de que, como resultado de las operaciones bélicas, se establecería una hegemonía soviética sobre varios países de la Europa del Este. Pero estaba convencido de que la situación se controlaría mejor manteniendo abierta una vía de diálogo y cooperación que mediante presiones y amenazas contra la URSS, cuyos ejércitos habían ocupado los países centroeuropeos antes invadidos por Alemania y donde Stalin desconfiaba de unos aliados a los que suponía propensos a destruir el país soviético a nada que se presentara la ocasión.

Según Costigliola, el presidente de EE.UU. esperaba que en la postguerra EE.UU., el Reino Unido y la URSS actuaran juntos como la policía mundial para mantener la paz. Se oponía a los planes de Churchill y Stalin para repartir el mundo en áreas de influencia, pero aceptaba la división de facto producida por la ocupación militar resultado del curso de la guerra. Roosevelt pensaba que se podría llegar a un entendimiento pacífico, si se vencía la desconfianza innata de Stalin sobre la seguridad de la URSS, que le llevaba a requerir una zona de protección entre su país y los demás Estados europeos. Para el autor, el principal obstáculo a unas relaciones armoniosas en la posguerra no era Stalin sino Churchill, por su propensión imperialista y colonial. Algunos historiadores opinan que era difícil saber de cuál de sus dos principales aliados recelaba más Churchill, que sospechaba y temía las ambiciones estadounidenses sobre el declinante imperio británico.

Pero Roosevelt adolecía de una mala salud, perdió a algunos de sus mejores asesores y murió en la primavera de 1945. Entonces, según Costigliola, un Truman inexperto y carente de imaginación cayó bajo el influjo de sus consejeros, deficientes estadistas: “Si Roosevelt hubiera vivido algo más… hubiera podido gestionar la transición hacia un mundo de posguerra dirigido por los ‘Tres Grandes'”. La versión que Costigliola presenta está sometida a discusión, como es natural, pero al menos sirve para mostrar dos importantes axiomas de la Historia. Uno de ellos se refiere a la influencia que ejerce la personalidad de los grandes actores en el desarrollo de los acontecimientos. La segunda es la consideración de que, muy a menudo, detalles secundarios de la vida pueden perturbar el orden mundial durante largo tiempo. ¿Nos hubiéramos ahorrado las graves y prolongadas inquietudes de la Guerra Fría si Roosevelt hubiera vivido unos años más, mejor atendido por su inepto médico personal?