Franco y la cruz laureada de San Fernando (10/17): Aparece un brigada poco conocido

Advierto a los amables lectores que todavía crean que el glorioso Caudillo del futuro fue un hombre predestinado por Dios para salvar a España de rojos, comunistas, malhechores y demás escoria (este término tan sugestivo lo utilizó el propio Franco en alguna ocasión) que no continúen la lectura de esta serie. A lo mejor se desilusionan. Mis detractores podrían, naturalmente, intentar corregirme si encuentran el medio. Quizá no me crean, pero aseguro a unos y a otros que servidor se atiene rígidamente a la EPRE (Evidencia Primaria Relevante de Época).

Para poder continuar mi argumentación es preciso, en primer lugar, citar de nuevo al Dr. Enrique Blasco Salas. Recordemos que curó a Franco en urgencias en el hospital de sangre. En la hoja de servicios publicada de SEJE se señala el nombre incorrecto de Blanco, quizá una forma de despistar. El mismo herido ya se había olvidado de quién era el galeno que lo salvó cuando confesó sus “recuerdos” al Dr. Soriano Garcés en 1961.

En el expediente del juicio contradictorio que nos sirve de guía, el Dr. Blasco Salas no reprodujo el pronóstico de la herida (¿se había enterado de que se había corrido la voz de que fue en el bajo vientre y gravísima?), pero añadió que Franco “fue el primer oficial que curó en el puesto y de los diez primeros entre todos”.

Es más, añadió que “fue imposible en absoluto, después de herido, que quedase en condiciones de mandar”. Como esta fórmula figura, insistimos y remachamos, en la hoja de servicios publicada, nos da que pensar. Los grandes historiadores que han registrado en sus inmortales obras, de una u otra manera, las estupideces que Franco contó a Arrarás no han hecho su trabajo desde que se publicó la famosa hojita. ¿Qué decir, ahora, del fusil del soldadito de Regulares con el que Franco habría intentado apuntar o incluso haber hecho fuego? ¿En qué queda la amenaza a los camilleros? ¿Qué pensar del asunto de las “pelas”?

Respuestas: camelos, invenciones, mentiras. Impulsadas por Franco a posteriori en su fundacional “confesión” en plena guerra civil, cuando había que dorar sus blasones.

Las declaraciones del Dr. Blasco anteriormente citadas las recogió el comandante Gudín, poniéndose en tercera persona como fiscal instructor del juicio contradictorio. En tanto que jefe del EM de la columna del centro “fue testigo presencial de los hechos”, según dice su informe final al terminar el caso en marzo de 1918. Pues bien, Gudín se sumó a la mayoría de los testigos y añadió, anticipadamente a algunos de los inmortales valedores del Caudillo, que “el capitán Franco fue ya recompensado por este hecho de armas con la Cruz de María Cristina y mejorado después con el empleo de comandante y no lo encuentra comprendido en el Reglamento de San Fernando”.

Ahora bien, sabemos que en 1917 el juicio continuó tras una larga demora, pero también porque las primeras averiguaciones (que se expondrán en anexo al final de esta serie) no convencieron a la Superioridad. Afirmo esto porque después del retraso que reconoció el propio Gudín, reflejando o no lo sucedido (esto es algo en lo que no podemos entrar por falta de documentación), lo que sí ocurrió es que pesaron con todo su peso las instrucciones de la Auditoria de Guerra que las había recibido por orden emanada de la autoridad competente y que ya se han expuesto en una entrega anterior.

Entonces en el expediente del juicio depusieron, como se ordenó al fiscal instructor, los “testigos si inmediatamente al ser herido [Franco] lo recogieron con conocimiento o sin él, para que declarase el médico sobre este extremo y para que se precisen las bajas propias habidas”.

El meollo de la cuestión

Quien esto escribe no está acostumbrado a analizar batallas. Así que es con cierta satisfacción que no disimulo con la que me dispongo a enmendar la plana a algún que otro prestigioso general (por no hablar de los eminentes autores civiles, pero también de los militares profesionales no generales, a cuyos indoctos escritos he acudido). Para vergüenza de quienes copian, recopian y transcopian reproduzco literalmente de una de las declaraciones que más perjudicaron a Franco y que, en honor de la verdad, de nuevo se transcribió en la hoja de servicios publicada del posterior Caudillo. Tan exaltados autores solo podrían haber alegado ignorancia de las mismas, pero en tal caso no hay que prestar demasiada atención a lo que escribieron.

“El brigada Farriols (sic, su nombre realmente fue Forriols) dice que cree recogió al capitán Franco inmediatamente que fue herido, que, con ademanes, falto de fuerza, le indicó que aceptaba el que le llevaran a la ambulancia, que nada ha sabido de que realizara hecho alguno heroico o distinguido, que fue herido cuando estaba a media ladera y entonces habría unas treinta bajas, ocasionándose las restantes, hasta 58, una vez ocupada la posición”. La cita, abreviada, también la recoge Rueda (p. 68).

La hoja publicada se conoce desde 1967 y la cita aparece en la p. 95. Es decir, ha llovido desde entonces largo y tendido.

Lo anterior podría indicar que el cuerpo a cuerpo tuvo lugar en la primera trinchera y clarifica lo sucedido previamente. No sé si el coronel y genealogista que, rendido por la emoción y el honor que sin duda le embargarían, publicó la hoja de servicios de SEJE llegó a ver el expediente del juicio contradictorio en su totalidad. Si lo vio —y servidor no lo duda un minuto— se merece un calificativo que no deseo utilizar. Sus descendientes podrían objetar.

La cuestión se plantea porque en dicho expediente se recoge toda una serie de puntualizaciones que no figuraron en el informe supuestamente final que el fiscal elevó al Consejo Supremo de Guerra y Marina. Pudo ser un error, de los que cometemos todos de vez en cuando. Pero no fue un error intrascendente. Al contrario, fue muy, quizá demasiado, trascendente.

Por lo tanto, es imprescindible no basarnos solamente en la hojita de servicios publicada. Hay que acudir a la tan denostada EPRE, es decir a las hojas en que quedó preservado para la posteridad el juicio contradictorio completo. (Si se me permite un comentario malévolo, podría haber ocurrido que bien el coronel que publicó parte de la hoja o que la Superioridad, en plena dictadura, decidieran que algunos aspectos eran demasiado explosivos). En consecuencia, seguramente por el bien de la PATRIA y el honor del CAUDILLOconvenía eliminarlosPara el historiador son muy reveladores.  ¿Se me condenará a la picota por darlos a conocer?

José Forriols Grafía acusó a Franco de haber cometido un fraude y lo formalizó ante el general en jefe. En el Ejército de Marruecos de aquellos días fue muy posiblemente un caso de audacia sin límites

José Forriols Grafía, tal era su nombre, (a veces aparece también como Forriol), formaba parte del grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla. El 9 de noviembre de 1917 compareció ante el fiscal. Entre las preguntas que se le dirigieron figuró una muy sensible. Se le solicitó información sobre si tenía “relación contraria” con el capitán Franco. Las razones no constan en el documento, pero sí la respuesta. Fue afirmativa. En consecuencia, el fiscal instructor le pidió explicaciones. Forriols, según se recogió en el documento que no se publicó en su totalidad, pensaba que la relación mutua entre el capitán Franco y él se había agriado.

Explicó sus razones: en una revista de la compañía había informado al oficial de semana que formaban 115 hombres cuando el número oficial debía ser 111. A la pregunta de su superior le explicó que cuatro desertores habían dado presentes. Cuando el oficial de semana lo trasladó a Franco este respondió que “Farriols no servía para nada”, lo arrestó de inmediato y ordenó que hiciera entrega de la documentación al sargento Antonio Millán Moreno. Muchos lectores pensarán, quizá, que la reacción de Franco podría haber obedecido a su carácter ordenancista. Sin embargo, en la maldita EPRE también aparece otro motivo menos confesable.

Así, pues, nada mejor que reproducir lo que quedó fijado, para la posterioridad, en el expediente del juicio contradictorio y que, lo que son las cosas, en la España de Franco permaneció absolutamente bajo siete llaves:

A continuación hizo el declarante un extenso relato de un delito de fraude cometido por el capitán, y que pareciéndole al día siguiente que el señor juez tenía interés directo a favor de él, el declarante lo recusó y al mismo tiempo cursó una instancia al Excelentísimo Señor General en Jefe exponiendo todo lo ocurrido, sin que en esta fecha se haya resuelto con carácter definitivo el procedimiento referente al asunto ni el relacionado con el fraude”.

Es decir, el brigada José Forriols Grafía acusó a Franco de haber cometido un fraude y lo formalizó ante el general en jefe. En el Ejército de Marruecos de aquellos días fue muy posiblemente un caso de audacia sin límites —o, también, de estupidez—.

Que servidor sepa, nadie hasta ahora ha reparado en este caso. ¿Qué significa? Significa que el brigada cumplió, en y por principio, con su deber de dar parte del estado de la compañía ya formada a su inmediato superior, el oficial de semana; que este, lógicamente, dio traslado de ello al capitán cuando llegó; que Franco inmediatamente dio suelta a su resentimiento hacia Forriols, lo arrestó y le ordenó que pasase los papeles a su inmediato inferior, un sargento.

¿Qué hizo entonces el brigada? Se quejó e interpuso recurso; mencionó que el juez militar incluso podría ponerse en favor del superior jerárquico, el capitán Franco; lo recusó y expuso el caso al general en jefe. Supongo que, dada la disciplina que existía entre los Regulares, había que tener algo más que reaños para proceder de tal suerte. Es inevitable pensar que, además, tendría algún motivo. No se levantaban infundios de fraude con respecto a un superior (Franco) sin tener la seguridad de poder aportar pruebas.

La hoja de servicios del brigada contiene muchísimos más detalles. Muestra que a lo largo de incesantes refriegas fue ascendiendo a lo largo de quince años desde la categoría de voluntario hasta convertirse en un varias veces condecorado teniente de Infantería. Un caso raro, que recuerda al sargento/teniente/capitán Richard Sharpe de las novelas de Bernard Cornwell. Alguno de sus superiores lo caracterizó de excepcional. Salvo cuando estuvo arrestado por varias faltas de insubordinación y por recusar a unos y a otros, solía encontrarse en primera línea.  Sin embargo, no logró demostrar el mal hacer de Franco. La guerra civil lo cogió en zona republicana y ahí se pierde su huella en la hoja de servicios consultada. Probablemente no tuvo razón, pero valor sí mostró no solo ante el enemigo, sino ante su propio superior.

Desde luego, en el no pacificado Protectorado la corrupción era moneda corriente (después, en el pacificado, también). En el primer caso, y en unas conocidas notas personales del posterior general Domingo Batet, se menciona el ejemplo de un coronel (vaya, que no era un principiante) que cometió otro fraude y que fue procesado pero cuyo expediente se arrancó de las manos de un juez del que se sabía que no iba a prevaricar. Se nombró a otro que se allanaría a lo que le pidiesen. Tal vez una muestra de lo que se denomina sentido de la disciplina. O, alternativamente, favoritismo y corrupción.  Una vez por ti y otras por mí, pero también, y siempre, POR LA PATRIA.

(continuará)

*Esta serie está dedicada a la memoria del Dr. Miguel Ull y de mi primo hermano, Cecilio Yusta, fallecidos a causa de la pandemia, que me ayudaron a desentrañar el primer asesinato de Franco, en la persona del general Amado Balmes.

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