El cínico concierto internacional de potencias abandona a las mujeres afganas

El especialista de reconocido prestigio en análisis militar y de seguridad Alberto Piris escribía hace escasos días en este mismo medio un artículo, a mi parecer, brillante. Su título, Escrito hace veinte años. El que yo escribo aquí, muy estrechamente relacionado con el suyo, pero con otra perspectiva, la de género, trata sobre el cinismo colectivo que en este mundo somos capaces de soportar sin apenas despeinarnos.

Repasando los acontecimientos con la estrecha perspectiva que permiten hacerlo en la Historia veinte años, y con todo el peso de la decencia moral de quienes defienden los Derechos Humanos por encima de los intereses capitalistas que lo arrasan todo en nombre de causas diversas, entre ellas, como no, la seguridad mundial, no puedo sino coincidir con este gran analista en que tenemos la obligación de “ampliar el punto de mira de nuestras preocupaciones y buscar coincidencias, entre sangrientos terroristas y exaltados neofascistas, que permita sobrevivir al género humano en condiciones soportables”.

 

Alberto Piris recuerda que la “Guerra contra el terrorismo” que emprendió Bush en noviembre de 2001, cuyo objetivo era exterminarlo y salvaguardar la seguridad mundial, ha costado 8 billones de dólares y ha matado a 400.000 civiles en Afganistán. España, como otros países aliados, ha participado en esta guerra y ha dejado de participar en el momento que Estados Unidos ha decidido abandonar. Qué triste desatender lo que nunca debió siquiera empezar. Tras veinte años y después de tantas vidas perdidas por el camino y tanto dinero invertido en armamento (las élites sabrán en qué más), poco hemos avanzado.

Desde mi posición de mujer blanca privilegiada, en comparación con otras mujeres del mundo que no han tenido la inmensa suerte de haber nacido en el lado del planeta “avanzado en derechos de las mujeres”, observo con espanto el significado de la palabra cinismo: actitud de quienes mienten con descaro y practican de forma deshonesta algo que merece general desaprobación. ¿Acaso no la merece la promesa de paz para abandonarte al opresor? En mi opinión, todo esto va de machismo y de cómo las mujeres, y también los propios hombres, son víctimas de una forma de entender y abordar los problemas y las soluciones a nivel local, regional, nacional y mundial. El feminismo no nos hubiera llevado a la guerra, ni lo hubiera hecho además llamándole “conflicto bélico” o “misión de paz”, cosa que, por otra parte, a todos nos ha hecho sentir menos culpables, aunque supiéramos que la guerra es guerra por mucho que se le llame paz. El feminismo nos hubiera llevado a una verdadera “misión de paz”, y no hubiera invertido 8 millones de euros en armamento, hubiera invertido 16 en campañas de diálogo, en colegios, en hospitales, en género e igualdad y en nuevas masculinidades. Pero las mujeres poca vela tenemos en los entierros de enjundia.

 

Estoy preparada para contestar a quienes sostengan que esto no era un juego y era necesario una acción bélica contundente, que no lo sigue siendo veinte años después y estamos peor que al principio. Estoy preparada para contestar a quienes me puedan tachar de “capitana a posteriori”, que estas palabras van de futuro y de capacidad de aprendizaje de los errores garrafales que las prácticas machistas llevan a la humanidad a la destrucción. Lo que ha pasado en Afganistán, y lo que está pasando en otras partes del mundo ahora mismo, va de intereses económicos ligados siempre a cuestiones de hombres, finanzas, armamento, territorio, materias primas, no va de otra cosa. Mucho después vendrá (si llega) la preocupación por los supuestos oprimidos y víctimas del sistema. El terrorismo que infunden los atentados terroristas es el mismo que a las mujeres afganas les infunde haberlas tenido engañadas prometiéndoles derechos humanos, protección y esperanza y haberlas dejado en el inicio de un empoderamiento fallido a los pies de los caballos. Podemos mirar para otro lado y justificarlo con los principios generales del Derecho Internacional, ahora en mano, que establecen, entre otros, la igualdad soberana de los Estados, la prohibición de intervenir en los asuntos internos de los mismos y el uso de la amenaza o la fuerza, que existe la igualdad de derechos y libre determinación de los pueblos. La gestión de los asuntos de un Estado, y su independencia, es cuestión de política internacional, pero la desvergüenza de haberlos ocupado en nombre de una “seguridad mundial” durante tantos años, prometiendo paz para luego abandonar a sus mujeres, fundamentalmente a ellas, a su suerte machista, ¿de qué es cuestión?

La situación de las mujeres en Afganistán había mejorado tras veinte años de ocupación, y, aun así, según datos de la Agencia estatal de estadísticas de Afganistán, Unicef, informes de Derechos Humanos o el Código Penal de Afganistán, más del 86% de las mujeres afganas experimentó al menos una forma de violencia física, sexual o psicológica. Las pruebas de virginidad eran procedimientos rutinarios en los procesos penales para las mujeres, aunque no tengan validez científica, y se ignore constantemente el consentimiento. Las mujeres afganas morían jóvenes, su esperanza de vida, 66 años, y 2,2 millones de niñas no iban a la escuela. Existía el Ministerio de Asuntos de la Mujeres y habían conseguido ocupar el 27% de escaños en el Parlamento, aunque la representación en altos cargos era prácticamente inaccesible. ¿Qué va a pasar ahora con las mujeres en Afganistán? ¿Qué está pasando con las mujeres en Afganistán en estos momentos?

 

Lo sabemos, y por lo que les pasa a millones de mujeres en el mundo, el mes de noviembre tiene una fecha señalada para visibilizar el Día Mundial contra las Violencias sobre las Mujeres por el hecho de serlo. ¡Qué desastre! ¡Qué fracaso! ¡Qué impotencia! ¡Cuánto camino por recorrer! Reivindico desde estas páginas que las mujeres tengan presencia en los espacios de decisión para resolver los problemas del mundo. Cuando llegue la hora de poner algo encima de una mesa quizá pongan algo que no se mide en centímetros sino en valores.

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Teresa Franco es militar en Servicios Especiales y concejala del PSOE en el Ayuntamiento de Murcia.