El rey de España que mandó a hacer puñetas a los españoles

En clave de humor he aquí una brevísima narración, ilustrada con grabados de la época (último tercio del s. XIX), de un poco conocido pero sintomático acontecimiento de la Historia de España, del que pueden extraerse conclusiones de aplicación general para la política en nuestro país:

Publicado en Público.es

 

Decir que la relación de los españoles con sus reyes ha sido irregular sería, cuanto menos, ser muy amable con los reyes. Pero curiosamente, uno de los reyes que se comportó con mayor corrección y amabilidad con sus súbditos, y que más promesas de democratización realizó, fue de los que más hostias se llevó. ¿Y por qué? Porque no era español.

Hablamos de Amadeo de Saboya, o Amadeo I.

Conocido como el Rey Caballero o el Electo, el italiano era hijo de Víctor Manuel II, rey de Piamonte-Cerdeña que unificó Italia y se convirtió en su rey.

¿Cómo llegó el buen Amadeo al trono español?

En 1868, después de hartarse de Isabel II hasta el último mono de la corte, se montó la Gloriosa, una revolución que expulsó a los Borbones de España. Formaron un gobierno provisional, y la tarea, aunque fue ardua, terminó por dar sus frutos. La candidatura de Amadeo de Saboya, impulsada por el general Juan Prim, ganó la votación en el parlamento.

¡España tenía nuevo rey! Y no uno cualquiera. Amadeo aceptó una Constitución muy progresista con respecto a las anteriores que Isabel había permitido.

El rey inauguraba una etapa mucho más democrática, con más derechos y libertades (sufragio universal masculino, derecho de asociación, libertad de prensa, etc.), pero a nadie le caía muy bien.

Prim, su principal apoyo, había sido asesinado antes de su llegada a España. Otro general, Serrano, se pasó al bando borbónico, ahora encarnado en la figura de Alfonso, hijo de Isabel II. Emilio Castelar cargaba contra Amadeo desde el republicanismo. Los carlistas seguían a su rollo, pidiendo un rey carlista. Y los progresistas estaban peleados entre ellos.

Todo eso aseguró la ingobernabilidad de España, y los casi quince meses más angustiosos de la vida de Amadeo (desde noviembre de 1871 hasta febrero de 1873).

Parece que Amadeo, en un acceso de incomprensión supina, llegó a decir: «Ah, per Bacco, io non capisco niente. Siamo una gabbia di pazzi» (es decir: «No entiendo nada, esto es una jaula de locos»).

A los problemas parlamentarios hay que sumar dos guerras, una en Cuba y otra contra los carlistas (la Tercera Guerra carlista, que empezó en 1872). Vamos, un caos.

En ese contexto, y con una trifulca que se montó con el cuerpo de artilleros. El presidente Ruiz Zorrilla intentó disolver ese grupo militar y el ejército fue a chivarse al rey. Que si sería conveniente dar un golpe de Estado, que si el presidente es malo…

Amadeo estaba harto.

En ese momento recogió sus bártulos, a su familia, y envió una carta un tanto afilada:

Al Congreso:

Grande fue la honra que merecí a la Nación española eligiéndome para ocupar su Trono; honra tanto más por mí apreciada, cuanto que se me ofrecía rodeada de las dificultades y peligros que lleva consigo la empresa de gobernar un país tan hondamente perturbado. (…). Dos largos años ha que ciño la Corona de España, y la España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados, tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos; pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación son españoles, todos invocan el dulce nombre de la Patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males. (…). Éstas son, señores diputados, las razones que me mueven a devolver a la Nación, y en su nombre a vosotros, la Corona que me ofreció el voto nacional, haciendo de ella renuncia por mí, por mis hijos y sucesores. Estad seguros de que al desprenderme de la Corona no me desprendo del amor a esta España tan noble como desgraciada, y de que no llevo otro pesar que el de no haberme sido posible procurarle todo el bien que mi leal corazón para ella apetecía. Amadeo.

Palacio de Madrid a 11 de febrero de 1873.

Es decir, váyanse ustedes a tomar por culo. Yo me vuelvo a Italia, que se está más tranquilito. Ese mismo día en el Congreso se proclamó la Primera República.

 

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