La prohibición total de las armas nucleares

Publicado en republica.com

En la Asamblea General de Naciones Unidas el pasado día 7 de julio, 122 países votaron a favor y adoptaron un Tratado de Prohibición de armas nucleares. En el acto de clausura de la sesión, una superviviente japonesa de la bomba atómica que en 1945 se abatió sobre Hiroshima declaró emocionadamente: “Esto es el principio del fin de las armas nucleares”.

No parece fácil que vaya a acertar en su predicción ni que llegue a ver el verdadero “fin del fin” de dichas armas. Para alcanzar el acuerdo que ha conducido a la elaboración del citado tratado hubo que celebrar tres conferencias internacionales sobre los efectos catastróficos de esas armas, preparar una “súplica humanitaria” suscrita por más de cien países y crear un grupo de trabajo en la ONU que iniciara el proceso. Ahora, para que el tratado aprobado entre en vigor y tenga fuerza internacional, deberá ser ratificado por 50 países.

Los escollos que tendrá que sortear este tratado, que una aplastante mayoría de la población mundial suscribiría en el acto, porque aspira a un mundo libre de armas nucleares, son enormes y parece muy difícil soslayarlos.

En la sesión que lo aprobó, solo intervino un socio de la Alianza Atlántica, Holanda, y lo hizo para votar en contra. Los otros lo boicotearon. La representante holandesa dijo que, aunque su delegación valoraba el “momento favorable para el desarme”, el tratado era “incompatible con el compromiso con la OTAN”. Holanda participó en la Asamblea porque el Parlamento así lo aprobó tras discutirlo, para tener en cuenta el sentir de gran parte de la población. En otros países miembros de la OTAN, como España, todo eso pasó bastante desapercibido y la “lealtad otánica” se impuso sobre cualquier escrúpulo democrático.

Es natural que la OTAN se opongo al tratado, porque éste incluye la prohibición de “desarrollar, producir, probar, utilizar o amenazar” con el uso de armas nucleares. Si como parte de la estrategia militar de la OTAN fuera preciso recurrir a ellas para defender a los socios no nucleares, los demás países firmantes del tratado -y la misma ONU- se verían obligados a considerar el hecho como una grave violación de la legalidad internacional. El tratado también prohíbe a los miembros no nucleares de la OTAN “estacionar, instalar o desplegar cualquier arma nuclear” dentro del territorio. Por tanto, mientras las armas nucleares sean básicas en la estrategia defensiva de la OTAN, ningún miembro de ésta podrá firmarlo.

La conflictiva naturaleza del Tratado de Prohibición se refleja en los votos de los países escandinavos, tan inclinados al desarme y atentos a las cuestiones humanitarias. Suecia participó en la elaboración del tratado y votó a favor; Noruega, Islandia y Dinamarca, miembros de la OTAN, se opusieron: incluso el representante danés ante la ONU participó, codo a codo con el estadounidense, en una protesta organizada ante el salón donde se negociaba el tratado.

Sea como sea, esta cuestión ya no podrá ser ignorada por los miembros de la OTAN. Las relaciones entre sus Gobiernos y sus pueblos, y entre los países firmantes del tratado y los que lo rechazan, se van a convertir en un problema importante que ningún Estado podrá soslayar. Aunque el viejo Tratado de No Proliferación Nuclear, aceptado por la inmensa mayoría de los Estados, tiene también como meta final el desarme nuclear, su tortuoso y lento avance no satisface a la opinión mundial, que apenas ve progresos dignos de mención por ese camino. De ahí que el Tratado de Prohibición haya retumbado como un aldabonazo en la conciencia universal de rechazo a las armas nucleares.

Los países no firmantes del Tratado de Prohibición se verán forzados a adoptar medidas que, al menos, satisfagan a la opinión pública en el sentido de avanzar, todo lo que esté a su alcance, por el camino del desarme nuclear. Y la OTAN tendrá que multiplicar los esfuerzos para hacer creíble su voluntad de resolver el dilema entre la seguridad de sus socios y el abandono del arma nuclear, que pide gran parte de la humanidad y que, por vez primera, pasa a formar parte de la legislación internacional.

Ya no basta con refugiarse en las imprecisiones del Tratado de No Proliferación, defendido hasta hoy con el argumento de que era “el único tratado que aspira al desarme nuclear”. Ya hoy otro, más directo y contundente, que a la larga acabará deslegitimando el uso de esas armas y que pone en manos de la sociedad civil un importante instrumento que permite soñar con el desarme nuclear total, aunque a él se opongan denodadamente los países dotados de armas nucleares y decididos a usarlas y los miembros de las alianzas donde el arma nuclear es solo un arma más.

Ya no será posible ignorar la existencia y la fuerza moral del nuevo Tratado de Prohibición de armas nucleares cuando entre en vigor. Habrá de pasar por muchas vicisitudes, sortear guerras y serios enfrentamientos, pero a la larga surtirá el efecto previsto, porque enlaza estrechamente un sentimiento mayoritario de la humanidad con la legislación internacional que ha de sostenerlo.

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