Cataluña y la cara oculta de la Casa de Borbón

Los estrategas de la transición –apoyados en los generales monárquicos, aliados del fascismo- supieron doblegar el heroísmo de cuarenta años de lucha popular mediante la captación de influyentes políticos que se prestaron a blanquear el terror franquista bajo la falacia de la “reconciliación nacional”. Una estrategia que venía de lejos.

¿Era posible cimentar un “demos común” sobre miles y miles de asesinados y torturados por el régimen franquista durante cuarenta años? Solo la ambición oportunista de unos pocos, bien situados en los aparatos de algunos partidos, estimuló y sigue estimulando dicho espejismo.

La impunidad del franquismo, con el rey Borbón a la cabeza, es –sin duda alguna- una contradicción de carácter fundamental y focaliza otras contradicciones latentes en el seno de la sociedad postfranquista, incluidos los antagonismos de clase y territoriales.

La permanencia del rey, jefe del Estado y de las fuerzas armadas, como garante de una pretendida “patria común e indivisible” es la prueba más palpable del secuestro de la voluntad popular, y por lo tanto de la soberanía de los pueblos del Estado. Pueblos sometidos, hoy como ayer, al chantaje de las armas mediante una norma inscrita a sangre y fuego en el “ordenamiento” constitucional: Artículo 8.

No hay que ser muy perspicaz para entender el porqué y el cómo han llegado al generalato militares de conocida trayectoria monárquico-franquista durante estos últimos años, cuando resulta evidente que un régimen verdaderamente democrático no lo hubiese permitido. La sombra alargada de la Casa de Borbón, amparada por los “estrategas” de la transición, es la responsable de esta siniestra paradoja. He aquí dos artículos recientes del general de división Juan Chicharro, como prueba evidente de lo que afirmo: A propósito del 18 de julio , Savia joven para el Ejército

Dicha contradicción fundamental, la impunidad del franquismo y su monarquía, es la que ha hecho posible la eclosión de una revolución popular en Cataluña. No es necesario entrar en eruditas disquisiciones históricas para mostrar el sustrato social sobre el que ha ido acrecentándose el deseo de independencia del pueblo catalán, multicultural y avanzado en sus planteamientos democráticos, hasta llegar a exigir valientemente un referéndum. Esta pretensión no es, para nada, incompatible con una futura federación o confederación de pueblos ibéricos, como siempre ha soñado una cierta izquierda. Recuperar ese viejo sueño libertario sí posibilitaría el desarrollo de un “demos común” y por lo tanto de una patria que mereciese la pena defender, incluso a riesgo de la propia vida.

La causa fundamental por la que, en última instancia, un pueblo inicia una revuelta es a menudo en defensa de su soberanía; esta trasciende los antagonismos de clase.

Es manifiestamente falso afirmar que la burguesía catalana lidera el proceso soberanista, en realidad una revolución popular; prueba de ello es el posicionamiento de su patronal en contra del referéndum: La patronal catalana rechaza el “golpe de Estado jurídico” de la Generalitat

La posición del Parlament de Catalunya y su Govern es la mayor expresión de dignidad democrática que un pueblo puede ejercer: su derecho a expresarse libremente y la de no aceptar, incluso bajo la amenaza de una intervención armada, que se silencie su voz.

Hoy, los continuadores de la tradición (o más bien traición) carrillista, estén en el partido que estén, siguen siendo objetivamente la cara oculta de la Casa de Borbón.

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