Sobre las guerras y los generales

Publicado en republica.com

Parece innecesario recordar la vieja fórmula que rige las relaciones cívico-militares en los regímenes democráticos: los generales cumplen su misión ganando las guerras en las que su Gobierno cree necesario empeñarse, y es el Gobierno el responsable de ganar la paz que pone fin a la guerra, con el objeto de que la posguerra resulte beneficiosa para el Estado. Si no es así, la guerra se convierte en un instrumento político inútil y perjudicial.

Inútil, por no producir resultados satisfactorios, y perjudicial porque deterioraría la imprescindible subordinación de lo militar a lo civil. Subordinación asumida por todas las constituciones de las democracias modernas como algo indispensable para evitar que el poder militar desborde sus límites y destruya no solo la base esencial de la democracia sino también el respeto a la legislación internacional e incluso a los más elementales derechos humanos. La nutrida historia de las dictaduras militarizadas lo muestra con claridad.

Ahora, con la llegada de Trump a la presidencia de EE.UU., en el país que tanto se esforzó a lo largo de su historia política para mantener el control civil de los ejércitos aumenta la preocupación a raíz de varios nombramientos políticos que han recaído en generales retirados. Generales de los que Trump dijo el día de su acceso al poder: “Veo a mis generales, que nos mantendrán seguros, aunque van a tener mucho trabajo”, como recordé en estas páginas el pasado 2 de febrero (“Trump y sus generales”).

A finales de abril Trump firmó una orden reservada delegando en el Secretario de Defensa el control de todos los teatros de operaciones en la guerra contra el Estado Islámico, reforzando así una peligrosa tendencia a la autonomía de los mandos militares. En este caso, además, el citado secretario es un general retirado hace poco tiempo, cuyo nombramiento rompió la costumbre de situar a un político civil a la cabeza del Pentágono.

La historia de las guerras muestra que los altos mandos militares no son siempre los mejor capacitados para juzgar las circunstancias generales de una guerra y tomar las decisiones necesarias para “ganar la paz” en la posguerra. En bastantes ocasiones, incluso, ni siquiera para conducir la guerra con visión estratégica a muy largo plazo.

El comandante retirado Danny Sjursen, excombatiente en Irak y Afganistán, escritor y profesor de Historia en la Academia de Westpoint, ha analizado en TomDispatch (11-05-2017) algunos casos que demuestran lo anterior y que extracto a continuación.

Durante la Guerra de Corea, el presidente Truman se reunió con el mítico general Douglas MacArthur en octubre de 1950 para comentar el curso de la guerra. El general le aseguró que China no intervendría en el conflicto y que la guerra acabaría para Navidad. Antes de un mes, miles de “voluntarios” chinos entraron en Corea del Norte, forzando la retirada de las tropas de MacArthur. Éste reaccionó pidiendo más refuerzos y una intensificación de la guerra, incluso con armas nucleares. Truman lo destituyó e inició conversaciones que evitaron una guerra nuclear. MacArthur, empero, conservó hasta la muerte una aureola de mito.

Fue paradigmático el caso del exgeneral convertido en presidente, Dwight Eisenhower. Destituyó al general Mark Clark, que propugnaba una ofensiva general en Corea, que él calificó de “locura”, y rechazó la sugerencia del jefe de Estado Mayor de “reconsiderar el tabú de recurrir a las armas nucleares”. Su doble experiencia como político y como militar le llevó también a denunciar el peligro que para la democracia en EE.UU. representaba el crecimiento del “complejo militar-industrial”.

La crisis de los misiles cubanos es otro ejemplo destacado. La Junta de Jefes de Estado Mayor proponía el bombardeo de Cuba y la posterior invasión del país. Estaba dispuesta a desencadenar una guerra nuclear limitada en la isla. El presidente Kennedy se opuso y supo hábilmente desactivar un conflicto que llevó a la humanidad al borde del apocalipsis nuclear. Privadamente confesó algún tiempo después: “La primera cosa que aconsejaré a mi sucesor es que vigile a los generales y que no crea que porque son militares sus opiniones no pueden valer un pimiento”.

Lo anterior no quiere decir que los generales siempre tomen decisiones equivocadas sobre el curso de la guerra, sino que el poder civil no debe confiar en la presunta infalibilidad del militar profesional en algo tan grave como es recurrir a la guerra al servicio de la política. Como anunció Clemenceau: “La guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los militares”.

Esta cuestión afecta ahora especialmente a EE.UU., donde el coste financiero y humano de las guerras en las que sigue implicada la nación preocupa cada vez más a los ciudadanos. Dieciséis años después de invadir y “liberar” Afganistán todavía el mando militar está pidiendo “lo de siempre”: refuerzos y nuevas armas.

Si a la imprevisibilidad e impulsividad de que viene dando muestras Trump en asuntos de política interior se une la tendencia del Pentágono a militarizar la política exterior, la humanidad puede encontrarse de repente en situaciones aún más críticas que la ya histórica crisis de los misiles cubanos. Parafraseando a Clemenceau me atrevería a decir que “la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla en manos de los magnates vanidosos”.

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