Paralelo 38 (y IV): El Sur se acerca al Norte

Publicado en politicaexterior.com

Aires de distensión soplan por la península coreana. Tras una década de gobiernos conservadores en Seúl, el nuevo presidente surcoreano, el liberal Moon Jae-in, utilizó su primer discurso para tender una rama de olivo a sus vecinos del Norte. Moon, hijo de refugiados norcoreanos, aseguró que hará todo lo que pueda por preservar “la paz en la península” y se manifestó dispuesto a viajar a Pyongyang “si se dan las circunstancias”.

Acompañó sus palabras de un gesto muy significativo: colocó al frente de Servicio Nacional de Inteligencia (NIS) a Suh Hoon, un veterano agente que fue clave en la gestión de las dos históricas cumbres intercoreanas celebradas en Pyongyang en los primeros años de la pasada década. Los presidentes surcoreanos Kim Dae-jung (1998-2003) y Roh Moo-hyun (2003-08) se entrevistaron con el entonces máximo líder norcoreano, Kim Jong-il.

En la actualidad, las relaciones bilaterales se encuentran bajo mínimos. El empeño de Pyongyang por proseguir con sus programas militares atómico y de construcción de misiles en contra de toda la comunidad internacional llevó a Seúl a cerrar, en febrero de 2016, el parque industrial de Kaesong, la única zona de explotación conjunta. Ese área económica especial se estableció en 2002, justo al norte del paralelo 38, y fue un éxito. Las fábricas se levantaron con capital surcoreano, pero los obreros eran norcoreanos y en 2013 llegó a haber más de 50.000 operarios trabajando.

Tanto el parque de Kaesong, como el complejo turístico del monte Kumgang, también al norte del paralelo 38 y construido por Hyundai, fueron consecuencia de la llamada “política del sol”, con la que los gobiernos liberales del Sur trataron de acercarse al Norte. La oposición conservadora era reticente y, en cuanto retomó el poder, “la política del sol” languideció. El complejo de Kumgang fue clausurado después de que Seúl interrumpiera los viajes a finales de 2008, en protesta por la muerte de una turista surcoreana a consecuencia de un disparo.

Cada año que pasa, la brecha que parte la península coreana en dos Estados antagónicos se hace más profunda e infranqueable. Hace dos décadas que Corea del Sur es una de las economías más dinámicas del mundo, con un crecimiento espectacular de su renta per cápita que, en 2017, ha superado los 25.000 euros anuales.

De la economía de Corea del Norte poco se sabe más allá de las hambrunas de finales de siglo que dejaron millones de muertos y del suave despegue que las medidas liberalizadoras del campo y de la industria ligera dejan entrever en la capital, pero con un tercio del presupuesto nacional dedicado a la defensa, la población civil vive con enormes penurias. Según un informe de Naciones Unidas de marzo pasado, “dos de cada cinco norcoreanos están desnutridos” y uno carece de agua y acceso a las mínimas condiciones sanitarias.

Moon Jae-in, exabogado de Derechos Humanos, que al igual Kim Dae-jung fue encarcelado por su lucha contra la dictadura, siempre se mostró partidario de retomar el diálogo con el Norte. No lo tendrá fácil. El líder norcoreano, Kim Jong-un, ha hecho de la bomba nuclear el eje de su política y, desde que ascendió al poder, a la muerte de su padre en diciembre de 2011, ha aislado aún más al llamado “reino ermitaño”.

Tampoco será sencillo con Donald Trump, quien ha respondido a la amenaza de Pyongyang de realizar una nueva prueba atómica con el envío de un portaaviones a las aguas cercanas. Estados Unidos tiene estacionados 28.500 militares en Corea del Sur y Moon tendrá que entenderse primero con Trump, con quien ya tiene un grave diferendo sobre la mesa: el sistema antimisiles THAAD.

Con su predecesora, Park Geun-hye, en la cárcel por un escándalo de corrupción y abuso de poder que la enfrentó a un juicio político y a su destitución por el Tribunal Constitucional, Moon declaró durante la campaña electoral que la administración de Park no debería decidir sobre el despliegue del controvertido THAAD. Sin embargo, EEUU lo aceleró y el sistema está operativo desde finales de abril. Para enconar más la situación, Trump declaró que Seúl tendrá que pagarlo. Su coste supera los 1.000 millones de dólares.

Consciente de que no puede haber distensión en la península coreana si no calma las aguas del entorno, nada más tomar posesión del cargo, Moon se manifestó dispuesto a viajar de inmediato a EEUU, Japón y China, país que ha puesto en marcha toda una batería de sanciones contra Corea del Sur por aceptar la instalación del THAAD. Según Pekín, los radares del sistema antimisiles cubren una buena parte del territorio chino y minan sus defensas.

China, único valedor del régimen norcoreano, es también el mayor socio comercial de Seúl, con el que firmó en 2015 un Tratado de Libre Comercio. Pekín, que trata por todos sus medios de convencer a Pyongyang de que acepte volver a la mesa de negociaciones para obtener ayuda internacional a cambio de frenar su programa atómico, advirtió a Corea del Sur que consideraba “inaceptable” el despliegue del THAAD. Las sanciones ahora decretadas pueden costar a Seúl cerca de 15.000 millones de dólares al año.

Tal vez en lo único en que todos los vecinos concuerdan es en la necesidad urgente de apaciguar la situación. Moon, que ganó las elecciones el 9 de mayo, tardó menos de un día en ponerse manos a la obra. A Kim Jong-un le toca ahora abrir la ventana para dejar que entre el aire fresco.

Último capítulo “Paralelo 38”, de la serie dedicada a Corea del Norte, a cargo de la periodista Georgina Higueras.

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