¿A quien beneficia todo esto?

Publicado en republica.com

Al intentar esclarecer el origen del ataque con armas químicas que sufrió la población de Khan Shaijun, en la provincia siria de Idlib, el pasado 4 de abril, no está de más plantear la vieja cuestión: “¿A quién beneficia?”. Como represalia por esa acción, sin haber sido capaz de mostrar al mundo alguna prueba que confirmara la responsabilidad del régimen de Damasco, EE.UU. disparó 59 misiles de crucero sobre territorio sirio, violando flagrantemente la legalidad internacional y mostrando un olímpico desdén por la existencia y responsabilidades de Naciones Unidas. Los dóciles Gobiernos europeos, y naturalmente la OTAN, no mostraron objeción alguna a la operación, como era de esperar.

Pero aunque EE.UU. hubiera exhibido algún “cuerpo del delito” siempre quedaría la sospecha de que fuese tan poco digno de credibilidad como las falsas pruebas con las que engañó al mundo en 2003 haciéndole creer que Sadam Husein estaba en posesión de unas peligrosas armas de destrucción masiva, con el único fin de iniciar una guerra que ya estaba anclada a modo de obsesión en la mente de los dirigentes de Washington.

Aquello fue un engaño absoluto, universal, en la misma línea que otros anteriores, como lo fue el famoso “incidente del Golfo de Tonkín”, inventado por los servicios secretos de EE.UU., que en 1964 preparó el terreno para iniciar la funesta guerra de Vietnam. O como lo fue también -y esto es algo que nos toca más de cerca a los españoles- el hundimiento del Maine en 1898 en el puerto de la capital cubana, perversamente atribuido a España para facilitar una guerra de agresión que también estaba en la mente de los gobernantes estadounidenses y que a través de los medios de comunicación excitó a las masas populares en favor de la guerra.

Establecida y confirmada por la Historia la capacidad de engaño de las grandes potencias para crear falsos motivos de guerra, basada en su poder sobre los medios de comunicación de alcance mundial y en la actividad de sus servicios secretos, ahora hay que reconocer que el que menos pudo haberse beneficiado del criminal ataque con gas sarín es el dictador sirio, que gozaba del apoyo de Rusia y entonces sabía que Trump no le tenía como enemigo principal en este conflicto, pues ni siquiera exigía su expulsión.

¿Qué iba a conseguir El Asad con esa brutal agresión que tan negativamente había de repercutir en todo el mundo? La más elemental lógica obliga a descartar al presidente sirio como responsable de tal fechoría. Pero no son pocos los que, alarmados por la inicial reticencia de Trump a exigir la destitución inmediata del dictador, podrían estar decididos a contribuir a la creación de un incidente que, al estilo de lo ocurrido en Tonkín o con el Maine, creara las bases para desencadenar una operación de represalia.

The New York Times informaba en noviembre pasado que el Estado Islámico ha utilizado armas químicas en medio centenar de operaciones efectuadas en Irak y Siria. Si esto es cierto (y conviene recordar que en los orígenes de casi todas las guerras el engaño y la mentira son instrumentos esenciales), las sospechas deberían alcanzar también a algunos de los grupos alzados contra el Gobierno de Damasco desde que se inició esta sangrienta guerra.

Pero la lista de sujetos que se beneficiarían de atribuir a El Asad el uso de armas químicas en Idlib es larga. El primer beneficiado es EE.UU., cuyo Secretario de Estado ya ha puesto a Putin ante un peligroso dilema, planteado bruscamente y muy lejos de las estudiadas maneras al uso entre diplomáticos: “Putin tendrá que elegir entre Trump y El Asad”. Es puro “trumpismo”, alcanzando el punto de ebullición.

Otro beneficiado es la industria bélica de EE.UU., que de momento tendrá que reponer los misiles utilizados y redoblar los tambores bélicos ante un recrudecimiento de la rivalidad entre Washington y Moscú, con ecos de guerra fría: un provechoso negocio de rearme a la vista.

No menos se aprovecharían Israel, Arabia Saudí y los emiratos del Golfo, que temían un distanciamiento de Trump y ahora ven que el nuevo presidente irrumpe a fuego y metralla en el avispero de Oriente Medio, decidido a ajustar cuentas con Irán, a poner firmes al mandatario ruso y, en lo que parece un órdago final, blandir el poder militar aeronaval de EE.UU. frente a las costas de Corea del Norte.

La desestabilización de Siria es un prolongado proceso que, alentado largo tiempo desde Washington, parece entrar ahora en una fase decisiva. Pero en vez de los medidos pasos que sus predecesores en la Casa Blanca dieron con el mismo fin, el impulsivo magnate ahora sentado en el Salón Oval parece empeñado en abarcarlo todo a la vez. Y desea acabar pronto con la tarea emprendida, sin preocuparse mucho por las consecuencias de sus decisiones hasta que éstas broten en forma de nuevos o agravados problemas, contra los que los misiles de crucero de Trump, como ocurrió con los drones de Obama, poco podrán hacer, salvo satisfacer a sus fieles partidarios, que creen ciegamente en él y aceptan impasibles sus repetidos y bruscos cambios de opinión. Atentos, pues, a los nuevos acontecimientos que van a producirse.

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