Militares progresistas en España: De Riego a la Unión Militar Democrática

Este artículo fue publicado en su día en la antigua web del FMD

CLUB DE AMIGOS DE LA UNESCO DE MADRID

MEMORIA HISTÓRICA

“MILITARES PROGRESISTAS EN ESPAÑA:
De Riego a la Unión Militar Democrática”

Mesa y Coloquio, el 21-3-07, con la participación de:

Fernando Reinlein, Teniente coronel de Infantería en la Reserva. Escritor y periodista. Miembro de la UMD.

José Luis Pitarch, Comandante de Caballería en la Reserva. Profesor de Derecho Constitucional en la U.V. Ex Vicepresidente del CAUM. Miembro de la UMD.

Presentación: Miguel Pastrana. Escritor. Miembro de la Comisión de Memoria Histórica del CAUM. Ex militar profesional.

Intervención de José Luis Pitarch:

 

Amaneciendo el 29 de julio de 1.975, grupos de militares y guardias civiles irrumpían en los domicilios del comandante Luis Otero y de los capitanes José Fortes, Restituto Valero, Fermín Ibarra, Antonio García Márquez, Fernando Reinlein y Manuel Fernández Lago, del Ejército de Tierra, este último ausente, y del capitán del Ejército del Aire José Ignacio Domínguez, quien también estaba ausente. Procediendo a la detención de los primeros seis citados, lo que traía raíz de la denuncia formulada por el general jefe de la División Acorazada “Brunete”, Jaime Milans del Bosch (el luego golpista del 23-F), ante el capitán general de la I Región Militar, Ángel Campano (el primer “alférez provisional” que llegó a general, solía decir mi padre), seis días antes.

La siguiente madrugada, era detenido Fernández Lago, al regresar a casa, y los días 31 de julio y 1 de agosto también caían el capitán de Aviación Abel Ruiz Cillero y el de Tierra Jesús Martín-Consuegra. Domínguez, “el Cuchi”, en el extranjero, ya no regresó. Total, un comandante y ocho capitanes al trullo, todos de la guarnición de Madrid excepto Pepe Fortes, de la de Pontevedra (padre de la excelente escritora Susana Fortes, con la que uno comparte páginas de expresión en medios de prensa valenciana).

Parecía evidente el intento, por parte del mando castrense, de hacer ver que los nueve “malhechores” de la perversa UMD –cuyo delito era propugnar la democracia, e intentar disuadir a los militares de extrema derecha de que intentasen un golpe de estado retrofranquista contra las ansias de libertad del pueblo– eran sólo un grupúsculo sin otros tentáculos o concomitantes, no fuese a parecer que se trataba de algo extendido por toda España (como en realidad sucedía, particularmente en Barcelona con los Busquets, Guillermo Reinlein –hermano de Fernando–, Julve, Gurriarán, Delgado, Cardona, Díez Gimbernat, Juan Diego, Vázquez, López Amor, Sagrado, Perinat, Delás, Alonso, Miralles, Roura, Alejandro y Manuel Zanuí, y otros más). Al nombrado Fortes Bouzán, único no “madrileño” de los nueve, no hubo más remedio que trincarle también, posiblemente porque salía en las fotos de los servicios de información-espionaje franquistas junto a los detenidos de la capital del Reino (éste todavía, recordemos, bajo dictadura del césar marroquí, al que aún restaban cuatro meses escasos de vida, antes que le quitasen los tubos para que muriese el mismo día que José Antonio Primo de Rivera… sin parar mientes en que JAPR había muerto, en Alicante, la misma fecha que Buenaventura Durruti en la Ciudad Universitaria del “¡No pasarán!”, hermanada al Puente de los Franceses).

Pero estos intrépidos, conscientes capitanes y comandante detenidos, enseguida procesados, y vilipendiados paralelamente por intoxicadores servicios de “información” milicos; impúdicamente condenados ya muerto Franco, en marzo del 76 (el fascio castrense mantenía “prietas las filas, recias, marciales”); no amnistiados, de su expulsión del Ejército, por una Ley de Amnistía de 15 de octubre del 77 que incluyó a los etarras con delitos de sangre, o al asesino comisario de policía José Matute (que volvió de su huida al extranjero, con alto rango, a la Dirección General de Seguridad), pues dicha Amnistía reintegró en absoluta plenitud de sus derechos, y reincorporó a sus Cuerpos respectivos, a todos los funcionarios sancionados por actos de sesgo político… excepto a los funcionarios militares (acojonado el Gobierno por un Gutiérrez mellado que dijo que dimitía si reingresaban al servicio los “úmedos”); estos comandante y capitanes modelos de dignidad y auténtico patriotismo no reconocidos, HOY AÚN, pública e institucionalmente (porque nuestra “modélica transición” incluye guetos y embudos); estos nueve valientes ciudadanos de uniforme -–once más bien, pues la saña tardofranquista siguió juzgando y condenando en “consejos de guerra”, incluso después de las primeras elecciones democráticas de junio del 77 y de la Ley de Amnistía, a otros capitanes de la UMD como el citado J.I. Domínguez y el entrañable Antonio “Toño” Herreros-— NO ERAN, no son, una gota o EXCEPCIÓN en la Historia hispana de los dos últimos siglos. De lo que diremos dos palabras más abajo.

Ni los once, ni los demás que nos libramos del banquillo penal castrense sólo porque el fasciofranquismo no quería que cundiese la impresión de que éramos muchos, entre apuntados y simpatizantes de la UMD. Hasta tal punto que, celoso, quizá, el capitán general de la IV Región Militar (Cataluña), Salvador Bañuls, de su homólogo de Madrid, Campano, decidió –como máxima Autoridad Judicial militar de su Región, cargo anejo al de capitán general, pues la justicia militar ha solido ser a la justicia lo que la música militar es a la música, viejo adagio–, dos meses después de la detención, al filo de julio y agosto, de “los nueve” de Madrid y Pontevedra, decidió, digo, detener y procesar a su vez a tres “úmedos” de su virreinato catalán: López Amor, Juan Diego y Gurriarán, a quienes encerró en un castillo de Figueres. Pero mes y pico después se murió el césar bajito y, a las dos semanas de este óbito, Bañuls puso al trío en libertad. (Supongo que se lo mandaron de más arriba, que con lo de Madrid ya había bastante; ya que Bañuls era no poco “ultra”, ex legionario y ex División Azul, y no parece encajar que fuese una decisión muy suya; a más que estaba cercano a cesar en su cargo por edad, esto es, no tenía que contraer “méritos” para seguir haciendo carrera si había cambios democráticos). Anyway, suena de nuevo a lo de la justicia militar y la música. El caso es que Bañuls sobreseyó su procedimiento penal contra Gurriarán, Diego y López Amor. Me pregunto si la muerte repentina de dicho capitán general tres meses más tarde, a comienzos de marzo del 76, no vendría en parte de la rabieta de quedarse sin su cuerda de “úmedos”.

-En fin, quizá no sea superfluo informar al auditorio de que la página web de la asociación Foro Milicia y Democracia incluye una relación de militares de los tres Ejércitos, bajo epígrafe “Hombres de la UMD”, que “de una manera u otra, participaron a favor de la democracia en el entorno de la UMD. Algunos no pertenecieron a la organización en su sentido estricto, pero le manifestaron su simpatía y (¿quizá “o”?) asistieron a algunas reuniones (…)” Figuran 13 militares de Aviación, 15 de la Armada o Marina, y 142 de Tierra. Total, 170. (Este mismo listado consta en el libro “Capitanes Rebeldes” de Fernando Reinlein). Por su parte, Julio Busquets confeccionó una lista de 140 militares, también de los tres Ejércitos, que “llegaron a estar realmente encuadrados en algún momento de la vida de la UMD”, lista que figura en su libro póstumo “Ruido de sables”, sacado adelante por Juan Carlos Losada (con un pequeñito error de decir que son “141”). Como sea, la UMD, en julio de 1.975, se encontraba en periodo de expansión, con sólo once meses de vida. Es probable que hubiese seguido creciendo, y uno mismo estaba organizando reuniones en Valencia con capitanes de dicha guarnición, donde me encontraba destinado, como Juan Esteve, por no citar otros nombres sin su consentimiento, pues en definitiva no se “apuntaron” con todas las consecuencias. No hay que olvidar que nuestro empeño “proselitista” era seguido por los sabuesos “orejines” y “orejones” (argot castrense de entonces) de los varios servicios de información, y esto se sabía, y disuadía un porrón a los simpatizantes. Como anécdota, añadiré que mi entonces profesor de Derecho Mercantil, el llorado Manuel Broseta, quizá el mejor profesor que he tenido, además de persona encantadora –posteriormente, víctima de atentado terrorista, en enero del 92–, me avisó de que el “alto mando” estaba barajando detenerme y procesarme, así que sacara de mi casa cualquier documentación comprometedora, etcétera. Broseta, hombre complejo, con una foto del “Che” en su despacho de alto standing y altas minutas en un céntrico edificio de Valencia, estaba muy relacionado, y sabía bastantes cosas.-

No son, decíamos, los militares progresistas meras excepciones o ínsulas en el cuerpo castrense durante los dos pasados siglos, por más que dicha Historia del XIX y XX haya sido un collage de regímenes despóticos tipo Fernando VII o Narváez, oligarquías autoritarias camufladas de democracia a lo Cánovas, reyes felones como el referenciado o perjuros como Alfonso XIII (magistralmente explicado tal perjurio por Borrás Betriu en “El Rey de los Cruzados”) o liderando alguna “corte de los milagros”, cual la ardiente Isabel II; y, cuando no bastaba, se iba a la dictadura pura y dura, ya sin disfraces, como postrer recurso, así las de Primo de Rivera o Franco. Sino que esta línea mayoritaria y carcunda no ha podido asfixiar, desde la Guerra contra Napoleón, el que hubiese siempre militares librepensadores y liberales avanzados, más cercanos al pueblo que a la coyunda eviterna del Trono y el Altar que parasitaba y controlaba el Estado, del brazo de los grupos económico-sociales dominantes.

Suelen conocerse como mílites progresistas del dominio público figuras cual la del mítico asturiano y masón don Rafael del Riego, que, a sus 35 años, el 1º de enero de 1.820, siendo teniente coronel, proclamara contra el infame Fernando VII la Constitución de 1.812, en Las Cabezas de San Juan, dando origen a un movimiento insurreccional por toda España que obligó al monarca a jurar dicha Constitución el 9 de marzo; y cuya gloria en vida duró dos años y medio, hasta la invasión extranjera de los “cien mil hijos de San Luis”, que significó su prisión y ahorcamiento en la plaza de la Cebada madrileña, ejecución por “alta traición” a la que uno gusta llamar “asesinato jurídico”; y la marcha militar de cuyas tropas constitucionalistas fue luego himno de soldados liberales de la guerra “carlista” de los Siete Años (1.833-39) –que terminó con el abrazo de Espartero y Maroto, magnífico y patriótico ejemplo histórico que desconoció la homicida y rencorosa soberbia de Franco un siglo más tarde– e himno igualmente de las revoluciones liberales del XIX, antes de ser el oficial de la II República.

Junto a Riego, como preclaros liberales, otros generales, así el citado Espartero, y Prim. Don Baldomero Fernández Espartero, de una modesta familia de los manchegos campos de Calatrava, que fue Jefe del Estado (Regente) nombrado por las Cortes en 1.841, mas no aceptó ser Rey tras la “Gloriosa” Revolución de 1.868 que expulsó del trono a Isabel II, padeció la inquina de los militares liberal-reaccionarios (llamados “moderados”) como Narváez, alma de la rancia “Orden Militar Española”, arquetipo de “la dictadura del sable” (que teorizaría Donoso Cortés), quien levantó, junto a O’Donnell y otros, una triunfante rebelión contra su Regencia en 1.843, debiendo Espartero exiliarse. Volvió como jefe de un Gobierno progresista once años después, repuso en marcha la obra desamortizadora de Mendizábal, enfrentándose con el Papa, impulsó la “Constitución nonata” de 1.856, que contemplaba una monarquía “nacional” (de la Nación) –igual que la de 1.812 y la de 1.837– en lugar de monarquía “tradicional” (retrógrada) como hacía la vigente Constitución de Narváez, de 1.845… hasta que sufrió de nuevo la traición de militares como el ambiguo general O’Donnell, lo que dio fin al “Bienio Progresista” 1.854-56. Y vivió con inmensa dignidad hasta cerca de los noventa años. Sus periodos de gobierno favorecieron la existencia de la Milicia Nacional, fuerza de seguridad de espíritu progresista creada por la Constitución de 1.812, de mandos civiles, no englobada en el Ejército, como sí lo sería la “Guardia Civil” (¡qué hipocresía, civil!) inventada por Narváez en 1.844. Fernando VII suprimió la Milicia en sus periodos absolutistas, e Isabel II siempre que pudo. Esta Milicia civil fue decisiva en el XIX, especialmente en las ciudades importantes, para lograr gobiernos progresistas. La Revolución de 1.868 la llamó Voluntarios de la Libertad, y fueron Voluntarios de la República cuando llegó ésta en 1.873.

Don Juan Prim y Prats, catalán de Reus, nieto de notario, enlazado con sectores de la burguesía adinerada catalana, es figura clave del siglo penúltimo. Sólo vivió 56 años, pues fue asesinado en la calle del Turco, hoy Marqués de Cubas, de Madrid, cuando era primer ministro, y todavía se discute quién organizó su muerte, como con Kennedy. Prim fue de los pilares fundamentales de la “Gloriosa” revolución de 1.868, y había pertenecido al partido progresista y llegado a diputado con sólo veintitantos años, a comienzos de década de los cuarentas. Era muy inteligente, valiente, tenaz, y sin duda liberal. De alma aventurera y decidida, heroica incluso, fue épico en las guerras, participó en mil conspiraciones y pronunciamientos, lo adoraron las masas. Mas su proyecto, como el de tantos militares metidos a políticos de su siglo, fue siempre muy personal (y tuvo comportamientos racistas duros, de capitán general de Puerto Rico cuanto de general en la guerra de Marruecos. Claro que en este saco habría que meter a muchos, como el posterior general mallorquín Valeriano Weyler, creador de los campos de concentración –de “reconcentración”, los llamó– de civiles, en las guerras de Cuba). Participó en el alzamiento contra el regente Espartero, y, una vez que ésta triunfó, se movió contra Narváez. Logró ascender a teniente general con 41 años, se unió entonces al partido “centrista”, Unión Liberal, fundado por O’Donnell, cuando éste se deshizo de Espartero en el 56 y se convirtió en jefe del Gobierno. Volvió al partido progresista en el 63, finalizada la era O’Donnell, tratando de ser el nuevo primer ministro. No lo consiguió (aunque es justo decir que intentaba hacer menos corrupta y más liberal la monarquía isabelina), y se fue decidido a la revolución contra el régimen, la cual sí le hizo primer ministro tras el destronamiento de Isabel. Con experiencia internacional (comandó la misión militar española en la guerra de Crimen, del lado de los turcos, así como el cuerpo expedicionario que apoyó la aventura de Napoleón III en México, de la que se retiró previendo la derrota del infeliz Maximiliano y la victoria del gran Benito Juárez), y partidario de la monarquía tras echar a Isabel, logró hacer Rey de España a Amadeo, hijo del de Italia, pero murió sin verle llegar a Madrid. Tras el abandono de Amadeo I y la inmediata llegada de la I República, ¿se hubiera hecho republicano?

Más volvamos al núcleo del asunto. En España, los dos últimos siglos (y antes, salvando las distancias que corresponden) han existido, en breve esquema, dos líneas ideológico-políticas: la que pudiéramos llamar “nacional-católica”, y la “liberal-popular” o “liberal-republicana”. Aquélla ha sido la preponderante, la excluyente por excelencia, la de Trento, el ménage à trois Rey-Iglesia-Estado, Martínez de la Rosa, Donoso Cortés, Menéndez Pelayo, Maeztu, regímenes autoritarios y dictaduras, militares tipo Elío (feroz represor como capitán general de Valencia fernandino), narváeces, primorriveras, y franquitos y carreros. La segunda entroncaría con Cervantes, valga la expresión, como en Larra y Espronceda en algún modo, en los ilustrados y masones del XVIII, en los tres generales recién citados del XIX, etcétera, etcétera, hasta los Azaña, Araquistáin, Jiménez de Asúa, Batet, Núñez de Prado (mi general compañero de Caballería, traicionado por su cofrade masón Cabanellas y fusilado por el impío Mola, que también fusiló al jefe suyo inmediato, el dignísimo general Batet). (A Unamuno, Ortega, y más, vamos a dejarlos aparte, pues, igual que con Prim, haría falta una serie de precisiones, para las que ahora no hay espacio).

Veamos de ubicar, bajo el prisma o esquema dicho, a los militares del XIX y XX. Y lo haremos muy sucintamente, en una mesa en que no soy único ponente, y al auditorio no hay que aburrirlo. Mencionaré muchos nombres, para que se entienda que no fueron pocos los castrenses progresistas, enraizados en su tiempo, no en el pasado, con vocación de lealtad al pueblo soberano. Arrancaremos de los inmediatos precedentes de Riego, aquellos soldados con graduación hispanos que mamaron, en la “guerra de la independencia”, la idea de “nación en armas”, similar a la que salvó la Revolución Francesa de la invasión monárquico-absolutista de Austria y Prusia.

La victoria sobre los ejércitos del Gran Corso no fue cosa de militares de mucha graduación y medallas (los aristócratas y los generales, en gran parte, obedecieron a José I Bonaparte; fueron capitanes y tenientes como Daoíz, Velarde, Ruiz, quienes se unieron al pueblo de Madrid el 2 de Mayo de 1.808). Sin olvidar la importante contribución de los ingleses de Wellington, y de alguna parte de los altos militares de Carlos IV, fue una milicia española de nuevo cuño, espontánea, popular (origen de la Milicia Nacional citada más arriba) la que irrumpió en la Historia cuando aún no habían nacido Marx, Engels, Bakunin.

Una milicia y una “guerrilla” –-palabra, junto a la de “guerrillero”, que exportó España a los demás idiomas– espontánea, popular, indómita. Que produjo y fue producida por personajes como Espoz y Mina, “El Empecinado”, el Cura Merino, Díaz Porlier (militar con rango de teniente coronel), Jáuregui, Pastrana… sin olvidar que algunos eran viejos bandoleros y salteadores que seguían buscando botín, y que parte importante de ese pueblo en armas odiaba la Revolución Francesa, creía en el absolutismo, la religión tradicional y las “caenas”, creyendo que Fernando VII sería la solución a todos los males. Pero otra parte adquirieron conciencia y orgullo, denodado amor por la libertad, y de ellos (muchos muy jóvenes, que habrían de vivir largos años del XIX) salieron altos militares que serían decisivos para liquidar el Antiguo Régimen que se resistía a morir. Parte se quedaría un tanto en el medio (a lo Narváez), pero la otra (Riego, Espartero, etcétera) promoverían las Constituciones progresistas de ese siglo.

En todo caso, cuando regresó Fernando VII, en 1.814, de su exilio forzoso en Francia, restableciendo un feroz absolutismo (mucho peor que el del francés José I), no pocos de dichos héroes populares se enfrentaron a él desde sus puestos militares. Así, el infame sexenio hasta el alzamiento de Riego conoció la muerte por ahorcamiento de personas insignes como Porlier, a los 27 años, el fusilamiento del general Lacy, y tantos. Aún, en la “década ominosa” 1.823-33, tras el fin del Trienio Constitucional, otros como el insigne general Torrijos (compañero de Lacy en su rebelión por la dignidad) serían pasados por las armas del abyecto Fernando. El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, motivo de un famoso y emotivo cuadro, hizo escribir a Espronceda: “Helos allí: junto a la mar bravía/ cadáveres están ¡ay! los que fueron/ honra del libre, y con su muerte dieron/ almas al cielo, a España nombradía./ Ansia de patria y libertad henchía/ sus nobles pechos que jamás temieron (…)”. Ésta es mi España, y la de la UMD.

Enfermo y cercano a morir el Rey felón, empero, a fines de 1.832 dio una amnistía (buscando atraerse a quienes habrían de defender el trono de su hija de dos años frente a las pretensiones de su integrista hermano Carlos), con lo cual regresaron muchos exiliados en Francia desde 1.823 (cuando los “cien mil hijos de” liquidaron el “Trienio”). Venían los mismos no poco influenciados por la reciente revolución gala de 1.830, que había para siempre acabado con la monarquía absolutista Borbón e instaurado al “rey burgués” Luis Felipe de Orleans, sobre la base ideológica del liberalismo doctrinario (que, en todo caso, era bastante más progresista que el “moderantismo”, su pretendida traducción en España, a cargo del “partido moderado”. Estos “liberales moderados” españoles, oponentes del “partido progresista”, tenían mejores “formas” que el absolutismo, mas sin renunciar a los viejos privilegios, sin querer una separación Iglesia-Estado, etcétera. Bastante lejos de los franceses Constanto Guizot. En fin, los “afrancesados” que volvían del exilio formaron enseguida una sociedad secreta, “La Isabelina”, de civiles y militares, junto a otros liberales del interior. En la misma, encontramos a los generales Quiroga, Palafox, Palarea, etc. En cuanto fallece Fernando, los generales Quesada y Llauder, capitanes generales de Castilla la Nueva y Cataluña, oteando el cambio (a lo Martín Villa y Suárez avant la lettre, siglo y medio antes, si se me permite la licencia) piden a la nueva jefa de Estado, la viuda y Regente María Cristina, huir del absolutismo (Llauder, más tarde, fluctuará).

Siguen numerosos intentos constitucionalistas de militares resueltos. En enero de 1.835, el teniente Cayetano Cardero (no Cordero) se pronuncia con una tropa de cerca de mil hombres en la Puerta del Sol de la capital, pidiendo restaurar la Constitución de 1.812. La Milicia Nacional madrileña acude en su ayuda. El Gobierno, a través del Ministro de la Guerra, se ve forzado a pactar con ellos, sin imponerles ninguna sanción, pese a que habían dado muerte en los hechos (parece que la Milicia Nacional) al capitán general Canterac. En Valencia, el comandante Boil proclama, en agosto de 1.836, la citada Constitución. Días después, el motín de sargentos de la Guardia Real en La Granja obliga, al fin, a la Regente a aceptarla. La guerra civil (1ª carlista) y “La Isabelina” han contribuido grandemente a este logro. Poco después, se aprobará la Constitución progresista de 1.837, hija de la del 12.

Terminará la guerra civil en 1.839, vendrá la regencia de Espartero, la década moderada-reaccionaria-corrupta de Narváez y compañía, el Bienio Progresista nuevamente de Espartero, doce años después la revolución “Gloriosa” septembrina de los generales Prim y Serrano y el almirante Juan Topete, la Constitución de 1.869 (primera con sufragio universal… no para las mujeres), la monarquía Saboya, la I República, el golpe de estado de Pavía contra la misma, y la restauración golpista borbónica de Sagunto en la persona de Alfonso XII, hijo de la reina destronada seis años antes… y de no se sabe quién (estos seis años intensos desde el verano del 68, consagrados como “Sexenio Revolucionario”).

Están en boga las nuevas ideas de la I Internacional, comenzando la lucha sindical, el cuarto estamento o brazo ha entrado de lleno en la Historia pidiendo justicia y disputando el monopolio del poder a la burguesía, como ésta, tercer brazo, hizo respecto a la nobleza y alto clero un siglo antes. Para hacer frente a la marea, el inteligente Cánovas (que no quería la restauración golpista sino una victoria electoral de los monárquicos) inventa la Constitución de 1.876 y un régimen caciquil seudodemocrático, sin sufragio universal y con una Guardia Civil fuertemente represora de obreros y campesinos. Crea un edificio que podría durar dos o tres décadas, pero el majo e incompetente Alfonso XIII intentará hacerlo perdurar más de medio siglo… hasta que se derrumbe con él debajo en 1.931. Otra cosa es que, con tanto poder reaccionario acumulado desde Trento, con tanto Altar y Trono rabiosos, despechados, más el nuevo, flamante aliado (quizá no nuevo, sino actualizado) llamado Fascismo, logren fusilar a la II República de la Esperanza, con un ejército extranjero de marroquíes en busca de pillaje y legionarios novios de la muerte.

Mas no nos anticipemos, volvamos a la Restauración alfonsina, segunda borbónica tras la de Fernando VII, y aún quedaba alguna más (España es un país único, “different”, ya lo decía Fraga. Si lo sabrá él, cuyos correspondientes en Francia, Laval, Pétain, etc. fueron fusilados o encarcelados de por vida. Si sabrá él que España es el único país de Europa, oriental ex comunista y occidental liberal-capitalista, donde el fascismo quedó impune. Mas tornamos a anticiparnos, y a decir cosas que de sobra conocen ustedes, disculpen). La entronización de Alfonso XII no extingue la llama republicana, que conserva fuertes brasas en España; además, en Francia ha caído la tercera dinastía monárquica del XIX (Bonaparte, Borbón, Orleans, de nuevo Bonaparte), llegando definitivamente la República (la 3ª). Expulsados o neutralizados los altos mandos republicanos, como los generales Izquierdo, Lagunero, La Guardia, Merelo, Villacampa… la antorcha pasa en notable parte a oficiales y suboficiales. La I República había tenido algunos generales republicanos de calidad como Nouvillas, y algún otro esperpéntico cual Contreras, presidente del cantón de Cartagena y expedicionario a las extranjeras Almería y otras cercanas tierras celtíberas. Mas es en los años ochentas cuando cuaja un movimiento de relieve, la Asociación Republicana Militar, que producirá un rosario de pronunciamientos, como el de Badajoz, Santo Domingo de la Calzada, Seo de Urgell, o el de Santa Coloma. Y quedan nombres, cual los tenientes coroneles Serafín Asensio y Francisco Fontcuberta, los comandantes Carlos Franco, Ramón Ortiz, Ramón Ferrándiz, los capitanes Melchor Muñoz e Higinio Mangado, el teniente Juan Cebrián… y sargentos y clases de tropa.

En Cartagena, igualmente, hay motines republicanos de la marinería. En fin, también hay implicados generales como Velarde, Ferrer, Hidalgo, o el famoso brigadier Villacampa, afectos al líder político Ruiz Zorrilla. Éste ejecuta el postrer pronunciamiento, fracasado, de la ARM, en Madrid, en septiembre de 1.886. Dicho muy resumido, pues hay que ir terminando. Después, llegará un “vacío” de militares republicanos insolentes, resueltos, durante cuatro décadas. Fue obra de Cánovas, obra del cansancio, del desastre colonial, de las guerritas del norte de África, de las tácticas y trapisondas de Alfonso XIII, mientras le valieron.

Tras el “Desastre” del 98, los militares se sentirán víctimas, abandonados por los políticos, ensimismados, refugiándose en la protección del monarca. Y enseguida las guerras de Marruecos, donde se crea una casta de militares “africanistas”, que hacen con frecuencia carreras fulgurantes, en perjuicio de sus compañeros de la Península, quienes se agruparán en las sindicaloides e ilegales Juntas de unión y defensa (que no dudarán a la hora de reprimir la huelga general del verano del 17). Mas, como hemos apuntado, no cabe hablar casi de militares republicanos hasta la dictadura de Primo de Rivera, cuyos errores y arbitrariedades, respaldadas por el Rey, irán convirtiendo en republicanos a muchos artilleros, miembros de la Aeronáutica militar, etcétera, lo mismo que a generales que se sienten pospuestos, o mantienen un prurito liberal, como Aguilera, Weyler, Batet, López Ochoa.

El hundimiento moral y político de Alfonso XIII en la segunda mitad de los años veintes crea condiciones para que quiebre el pacto rey-militares que ha manejado aquél. Y surge una Unión Militar Republicana al final de esta década. Allí encontramos a los comandantes Romero Basart, Ortiz, Hernández Sarabia, al capitán Fermín Galán y otros, a Antonio Cordón, José Fuentes, Díaz Sandino, los Pérez Salas, Menéndez, Romero, Sancho, Martínez de Aragón, Hidalgo de Cisneros, Álvarez Buylla, Pérez Farrás, Medrano, Pou, Burguete, Gutiérrez de la Solana…, a los generales López Ochoa, Núñez de Prado, Villa Abrille… incluso al arribista Queipo.

Tras el Pacto de San Sebastián del 17 de agosto, se planea la sublevación de diciembre del 30, que lo único notable que produjo fue el episodio infeliz del decidido y ardiente Galán y sus compañeros García Hernández, Sediles, Salinas… en Jaca; aparte las piruetas madrileñas de Ramón Franco y Queipo. La saña y miedo de Alfonso XIII exigió fusilar a Galán y García, el 14 de diciembre, cuarenta y ocho horas después del comienzo de su sublevación, aunque fuera domingo (rompiendo una antiquísima tradición de no fusilar en días de fiesta). Su sangre noble serviría de cemento entre republicanos, socialistas y otros que no llegaban a acuerdo. Cuatro meses exactamente después del fusilamiento, habría Gobierno Provisional de la II República.

Los militares se desligan del rey porque se ve llegar la República, y viceversa, o a la recíproca. Es que los uniformados entienden, en los meses iniciales del 31, que el monarca ya no puede garantizarles sus intereses, y ha creado la división del Ejército. Los altos generales (un consejo de guerra presidido por el capitán general de Madrid, Federico Berenguer, hermano de Dámaso, ex miembro, Federico, del “Cuadrilátero” de generales que propició la dictadura de Primo de Rivera) cuasi-absuelven a los miembros del Comité Revolucionario formado por los más altos dirigentes republicanos, que había planeado la sublevación republicana que costó la vida a Galán y García… y el general Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil, se va a casa de Miguel Maura, ministro in pectore de la Gobernación del Gobierno republicano provisional, se va el 13 de abril, cuando aún reina Alfonso XIII, para ponerse a las órdenes de Maura. “Pronunciamientos negativos” del Ejército. Alfonso XIII no tiene más remedio que irse, no sin reconocer a España como “única Señora de sus destinos”, en un manifiesto de 14 de abril. Aunque desde entonces no hará otra cosa que conspirar contra lo que España ha decidido, la República. Vivirá y morirá (joven, a los 54 años) bajo protección fascista en Italia. Conseguirá personalmente del Duce aviones, en el verano del 36, para bombardear a la media España no sublevada contra el Gobierno legal y legítimo. Y morirá en el exilio, separado de su esposa, en un hotel. Triste destino del rey perjuro contra la Constitución que había jurado (y que era conservadora). ¡Qué incapacidad para pilotar la siempre difícil nave de las Españas!

Ya unas pocas líneas para citar lo que es sin duda más conocido por la mayoría de quienes me están oyendo, los militares progresistas durante la República, la guerra incivil, el franquismo. Tras el fracaso y el ridículo de la “sanjurjada” del 10 de agosto del 32, los militares filogolpistas, muchos de ellos africanistas, otros simplemente derechistas y corporativistas asustados por las reformas castrenses de Azaña, en parte arrastrando el espíritu sindicaloide de las “juntas de defensa”, que habían durado hasta 1.922, se empiezan a organizar hasta crear la ilegal Unión Militar Española o UME, al calor de las elecciones de 1.933, ganadas por una derecha con trazos fascistas, y de la aparición de Falange Española escasas semanas antes, que será polo de atracción de un sector de esos militares. Después, recibirán el gran refuerzo de quienes se radicalizan de derechas por la revolución de octubre del 34. Como defensa, aparecerá la UMA, Unión Militar Antifascista, y renacerá nuestra conocida UMR, que se unirán como UMRA. En ellas habrá bastantes oficiales de Aviación, Guardia de Asalto, Escolta Presidencial (del Presidente de la República), y también suboficiales como León Lupión, muchos de ellos masones. Pueden sonarles nombres cual el teniente coronel Carratalá, el capitán Francisco Galán, hermano de Fermín, el capitán Díaz Tendero (que moriría en el campo de exterminio de Mauthausen), el capitán Faraudo y el teniente Castillo, ambos asesinados por pistoleros de extrema derecha, el coronel Puigdengolas, el teniente coronel Mangada, el coronel Asensio Torrado, comandante Barceló, capitanes Guarner, Oraad de la Torre, Condés, y otros ya citados, más arriba, de la UMR. También generales, así Fernández de Villa-Abrille, Pozas, Castelló, Núñez de Prado…

Cuando, el 16 de julio del 36, es inminente el golpe militar-monárquico-eclesiástico-terrateniente-fascista, dirigentes de la UMRA se entrevistan con el Jefe del Gobierno y ministro de militares, Casares Quiroga, y le piden que, de inmediato, cese en sus mandos a los generales Goded, Fanjul, Franco, al teniente coronel de la Legión Yagüe, y varios más, entre otras medidas que le exigen, como crear unidades especiales con mandos de toda confianza en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza, Bilbao, para enfrentar la segura rebelión. El inefable Casares, que temía más al pueblo raso que a los conspiradores fascistas, se hace el listo y no hace nada. Sin embargo, son militares de la UMRA quienes paran el golpe en Madrid y Barcelona, en ésta con la inestimable colaboración de los dignos mandos de la Guardia Civil general Aranguren, coroneles Escobar y Brotons.

De la guerra, habría tanto que citar… Pero sólo resaltaremos la conjunción de militares progresistas, leales a su juramento, con el pueblo armado. Como en la Guerra de la Independencia contra la invasión napoleónica. Al acabar la guerra, la venganza feroz de Franco y sus esbirros, fusilando sin piedad a militares de la dignidad y valía de Escobar o Joaquín Pérez Salas, entre tantos y tantos. Y la infamia de que el césar marroquí siga cabalgando hoy en la capitanía general de Valencia, y su escudo fascista sobre la puerta principal de la misma, mas no haya una calle en Valencia a nombre del gran general valenciano, extraordinaria persona, incluso gran católico, Vicente Rojo Lluch, jefe del Ejército de la República en la guerra impuesta por la España negra a este pueblo al que tantas veces ha traicionado, incluso bajo palio.

Después, otro gran vacío, con un Ejército fiel al vencedor, sin medios, sin gasolina, concebido para contener y reprimir al pueblo si volvía a gritar libertad, línea de retaguardia de la policía para asuntos internos. La vieja historia del “enemigo interno”, que acuñó Fernando VII en la “ominosa década” final de su reinado. Franco también metió la Historia entre paréntesis y sepulturas; hasta Pinilla, Sintes Obrador, Busquets, “Forja”, la UMD: en la nieve también nacen flores. Otro día, les cuento mi héroe particular del XIX: el coronel y general de Caballería Domingo Dulce. Y mi heroína: Mariana Pineda. Vivo en una calle que lleva su nombre.

José Luis Pitarch

Comandante de Caballería en la Reserva.
Profesor de Derecho Constitucional en la U.V.
Ex Vicepresidente del CAUM.
Miembro de la UMD.

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